Las actitudes humanas, las de la grandeza y las de la miseria, se repiten en el tiempo. Esta es una constatación cuando se termina de leer una novela (que, como género literario, tiene el afán de retratar la vida). El ruido del tiempo (Barcelona, Anagrama, 2016), del escritor británico Julian Barnes, es un relato basado en documentación existente sobre el músico Dmitri Dmítrievich Shostakóvich (1906-1975), que pasó su existencia bajo el régimen soviético que lo calificó, primero, de enemigo del pueblo y, tras considerarse él mismo un bolchevique sin partido, llegó a afiliarse al Partido Comunista.

La poeta Anna Ajmátova acuñó para el régimen estalinista la idea de que era un régimen carnívoro; cuando murió Stalin, el régimen se volvió vegetariano, pero igual trituraba, según ella. En tiempos del comunismo carnívoro, Shostakóvich “se acostaba totalmente vestido, tumbado encima de las mantas, con una maletita ya preparada a su lado, en el suelo”, porque la policía política siempre llegaba en mitad de la noche a buscar a la gente pensante para encerrarla o eliminarla. La novela de Barnes recrea momentos importantes en la trayectoria del músico. Pero también sirve para que cada lector piense cuánta estupidez con apariencia de genialidad puede mostrar el poder político.

La novela habla de las inconsecuencias de Shostakóvich; por tanto, nos revela las inconsistencias de nuestras propias actuaciones. El músico dijo que no podía estar en un partido que mataba a la gente, pero escribió música para películas y ballets que glorificaban el régimen soviético, cantatas por los aniversarios de la revolución, partituras en que aplaudía la colectivización y denunciaba los sabotajes en la industria. También repitió en discursos la cantinela de Stalin sobre la esperanza y los tiempos de felicidad, una especie de buen vivir soviético, que pronto llegaría. Lo más doloroso era comprobar “que aquí era imposible decir la verdad y seguir viviendo”.

Shostakóvich terminó siendo un artista premiado, reconocido por el Estado. Ya habían quedado atrás los días en que los artículos del Pravda (una especie de El Telégrafo, un medio de propaganda gubernamental) lo acusaban de componer ruidos y bulla, una música formalista alejada del pueblo. Por esos ‘delitos’ podría hasta perder la vida. Pravda le exigía “disculparse públicamente, abjurar de sus errores y explicar que mientras estaba componiendo su ópera se había dejado llevar por los insensatos excesos de la juventud”. El Ecuador de hoy repite el hecho de que las fantasías se vuelven razones de Estado.

Para sobrevivir, Shostakóvich se fue acomodando al régimen soviético aunque su mundo interior lo acosaba con preguntas como esta: “¿Para qué servía la conciencia si no, como una lengua que sondea los dientes en busca de huecos, para buscar zonas de debilidad, doblez, cobardía, autoengaño?”. La novela deja ver cómo el poder total pretende aniquilar a la persona: “Bajo la presión del Poder, el yo se agrieta y se parte”. Contradictorio hasta el final de sus días, Shostakóvich se negó a tener un retrato de Stalin en su estudio: “Te pedían que realmente creyeras en ellos. Querían tu complicidad, tu acatamiento, tu corrupción”. Julian Barnes pone una alerta contra el autoritarismo. (O)