¿Qué tienen en común Alberto Dahik y Luis Lala? ¿En qué se parecen un ex vicepresidente ecuatoriano, académico y economista de inteligencia superior, y un campesino adolescente, desempleado, con estudios básicos, que huyendo del hambre en tierra propia encontró el infierno en Tamaulipas? ¿De qué podrían conversar un exiliado ilustre por el que abogó el Presidente del Ecuador y un emigrante anónimo cuyo cadáver nadie hubiera reclamado si la bala que lo hirió se hubiera desviado 2 centímetros hacia el centro? Quizás podrían hablar de la ironía que junta a los dos extremos del poder y la ilustración en su común exclusión de su país, uno de los más grandes productores de banano, camarones y exiliados en el mundo, considerando las múltiples acepciones del significante “exilio”.

Creemos que el “exiliado” es solamente el perseguido político, el que salió de su tierra para evitar la prisión, la tortura o la muerte. Ignoramos que el exilio incluye a todo aquel que abandona su lugar de origen y residencia habitual empujado por causas como la guerra civil, la hambruna, la intolerancia religiosa, el desempleo y otras. El planeta del siglo XXI produce un interminable tráfico de seres humanos, como refugiados y migrantes ilegales, que testimonian el fracaso de sus gobiernos y el borde más siniestro de la condición humana. Son millones de rostros desconocidos como lo hubiera sido el de Luis Lala, de no mediar la afortunada circunstancia de su renacimiento. Pero ninguno de ellos posee abogado tan poderoso como lo tiene el economista Dahik.

Todos somos coyotes… de alguna manera. O casi todos. Alentamos o no evitamos la migración ilegal porque ella nos ha permitido mantener nuestro nivel de vida en la burbuja dolarizada. Nos falta solidaridad y creatividad para producir fuentes de trabajo. Finlandia, Singapur y Costa Rica han hecho mucho más en los últimos treinta años con bastante menos de lo que nosotros tenemos. Resulta estúpido robar la filmadora a un turista en lugar de cuidarlo y guiarlo para que regrese. Resulta desleal que sus dueños desmonten la fábrica textil que los hizo millonarios para rearmarla en el norte peruano. Resulta indecente invertir en las inmobiliarias panameñas los millones ganados aquí. Resulta irracional dejarnos dominar por nuestra paranoia pequeño-burguesa. Pero también resulta suicida sostener un discurso radical y tremendista que desalienta la inversión propia y foránea.

No entiendo cómo el pedido presidencial de amnistía para Dahik propiciaría una “reconciliación nacional”. Para eso más aportaría un cambio de discurso en el Presidente y en los más conspicuos aspirantes a líderes de la oposición. No puede haber reconciliación nacional mientras no construyamos alternativas de trabajo y producción, en lugar de diluirnos y dilapidarnos en revocatorias noveleras y en elecciones permanentes. No puede haberla mientras haya ecuatorianos que siguen migrando mientras sus hijos abandonados son carne de maltrato, abuso sexual y fracaso escolar. O mientras los que mantienen la dolarización son acuchillados en Nueva York o apaleados en Madrid. El trabajo del Senami no es desestimable, pero no alcanza para todos y no despierta confianza en los expatriados más endurecidos. Requerimos un cambio nacional de mentalidad, incluyendo la renuncia al protagonismo narcisista, al exceso suntuario y a la verborrea intrascendente… entre otras cosas.