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Los dilemas de Moreno

La estrategia electoral de Alianza PAIS con Lenin Moreno busca dejar sin piso a la oposición negándole la posibilidad de tener un contrincante fuerte sobre el cual levantar la bandera del cambio y el poscorreísmo. Moreno quiere provocar un efecto de simulación: diluir el rostro autoritario, represivo, intolerante, del modelo político de los últimos diez años para dejar sin piso las críticas. Solo así puede capturar el voto duro de Alianza PAIS, que quiere continuidad, y abrirse a nuevos electores. Promete una revolución buena, democrática; lo mismo pero en un ambiente de cordialidad y mano tendida.

Pero esa postura lleva a dilemas insalvables. Cuando Guillermo Lasso lo desafió a un debate, Moreno respondió que preferiría un conversatorio. Su reacción merece dos comentarios: no debatirá porque para hacerlo se requieren posturas claras, construir una visión del Ecuador poscorreísta y eso no es posible en su caso; lo segundo, con Moreno la política será no un asunto de enemigos, como en los últimos nueve años, sino de amigos. Un tema de conversación. Su principal oferta política consiste, por lo tanto, en una revolución reconciliada, despolarizada. Todos nos volveremos amigos alrededor de su figura bonachona para que la revolución ciudadana pueda seguir campante.

Las dos opciones se niegan a sí mismas y muestran los dilemas a los que se enfrenta. Moreno no puede debatir porque no puede alejarse de la línea del movimiento y de las políticas que recibe. El pasado estará vedado a la crítica. Un ejemplo lo vimos la semana pasada: su observación sobre las escuelas del milenio como elefantes blancos recibió inmediatamente la corrección y respuesta de Correa. Moreno se ve obligado a cuidar el legado como una reverencia al caudillo. Deberá ser parte de las romerías de despedida, de los elogios y sollozos en las sabatinas como hace dos días en La Maná. Todos empezaron el llanto de la despedida y agradecimientos. Moreno será anodino en la campaña, no planteará nada, no propondrá nada.

Su postura de mano tendida, de apertura y diálogo, en cambio, lo obligará a escuchar todas las voces que la revolución tapó, silenció, maltrató y descalificó para imponer a rajatabla su agenda de gobierno. Bastaría recordar las protestas a lo largo del año 2015 para sumar la cantidad enorme de conflictos que produjo la revolución con sus políticas. Esos lineamientos solo han podido mantenerse en el autoritarismo de Correa y en la incondicionalidad del bloque mayoritario en la Asamblea. Si Moreno ofrece diálogo y apertura, entonces el “gran legado” de la revolución tendrá que ser revisado, reformado, modificado, superado. No es posible ser partidario de la revolución ciudadana, continuista, y al mismo tiempo pluralista y demócrata. Si quiere ser demócrata y restablecer la unidad y concordia, tendrá que dejar de lado todos los elefantes blancos de los últimos diez años.

A este dilema que construye Moreno se suma uno más: la dependencia hacia el aparato político de Alianza PAIS. En sus primeros días en Quito, Moreno quiso vestirse de blanco y no de verde flex, y mostrar organizaciones de apoyo propio; pero en el camino ha quedado atrapado por el aparato, porque sin su apoyo no se le garantiza el voto de los “simpatizantes orgánicos”.

Su estrategia bonachona deja a la oposición sin piso, pero crea dilemas insalvables a su horizonte político. (O)

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