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Políticas públicas agrícolas

Encontrándonos en pleno proceso electoral, es menester que los aspirantes presidenciales visibilicen la necesidad de formular políticas públicas, entendiéndose como tales la modelación más concreta de la política, lo que los gobiernos hacen o dejan de hacer, para hacer frente a los problemas colectivos, como destaca la introducción al curso sobre la materia que dicta en línea la Universidad Autónoma de Barcelona. Siendo lo agrícola fundamental para el sostenimiento de la nación, y muchas las dificultades no resueltas que lo aquejan y frenan, es necesario superarlas con la aplicación de inteligentes y prácticas medidas a corto y mediano plazo, a tono con los avances tecnológicos mundiales.

Acotaremos por ahora, las emisiones de dióxido de carbono y otros gases resultantes de las actividades agropecuarias, que desencadenan el impacto del cambio climático, con desmesurado aumento de la temperatura, reduciendo la producción de alimentos, en que tiene especial relevancia la salud de los suelos, como fuente de nutrientes para las plantas y hogar de microorganismos que aportan a su asimilación. Buena parte de las áreas bajo siembra sufren degradación, erosión de todo tipo, uso indiscriminado de químicos, acompañado de bajo contenido de carbono orgánico, básico para la ansiada fertilidad.

Paradójicamente, las buenas prácticas agrícolas lejos de contaminar, aportan a la lucha contra el cambio climático, restituyendo los suelos agraviados, aumentando la baja presencia de material orgánico al incorporar residuos de cosechas, siembra con labranza cero o sin maquinaria, mejor si es de leguminosas, rotación de cultivos, aplicación de técnicas ausentes de nocivos químicos. Lo maravilloso es que las tierras así mejoradas, se convierten en sumideros o depósitos de dióxido de carbono captado de la atmósfera, provocando un movimiento que balancearía los escapes de CO2, propios de las labores agropecuarias, con su posterior captura, enriquecimiento con materia orgánica el espacio donde habitan y se desarrollan las raíces.

Dentro de esos parámetros se inscribe la denominada “iniciativa cuatro por mil”, formulada por el ministro de Agricultura de Francia, con ocasión del Acuerdo de París sobre cambio climático de diciembre de 2015, con muchos adherentes, ignorada por Ecuador, que propugna aumentar el contenido de carbono orgánico de los suelos, en la proporción de cuatro por mil por año (0,4%), con un cuádruple efecto: recuperar suelos desgastados, aumentar la producción alimenticia, reducir la presencia de CO2 atmosférico y mejorar el ingreso de los campesinos al subir la productividad. La vinculación a esta original y valiosa propuesta es libre y pueden acceder a ella instituciones, empresarios o técnicos, congratulando saber que la primera en hacerlo en el país, aceptando con entusiasmo el reto, es la Universidad Agraria del Ecuador, que suma ya investigación de valía en esa dirección.

Esta singular iniciativa reúne todas las características que configuran una política pública agrícola, de paulatina ejecución, que aspira resolver un problema aceptado como tal por la colectividad mundial, no tendría oposición alguna, pues conlleva beneficio general y suficientes fundamentos técnicos y sociales, susceptible a permanente evaluación. Por consecuencia, debería constituirse en causa de lucha y promesa de obligatorio cumplimiento de los futuros gobernantes, cuya defección, causal de revocatoria de mandato, condenarán implacablemente las presentes y futuras generaciones. (O)

 

Siendo lo agrícola fundamental para el sostenimiento de la nación, y muchas las dificultades no resueltas que lo aquejan y frenan, es necesario superarlas con la aplicación de inteligentes y prácticas medidas a corto y mediano plazo, a tono con los avances tecnológicos mundiales.

 

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