No tengo el honor de conocer personalmente al capitán Edwin Ortega, pero a través de su valiente carta y precisas declaraciones posteriores, con el conocimiento de la vida a mis 80 años deduzco que es un oficial brillante y pundonoroso, muy merecedor del grado y uniforme que lleva.
Tuve el orgullo de vestir el uniforme de nuestra querida Armada allá por los años 60. Estoy consciente de las enormes dificultades personales y familiares por las que está pasando el capitán Ortega, pero le digo que se mantenga firme, que un día, como después de haber capeado un fuerte temporal en el océano, en el que nos pareció que nuestro navío iba a partirse y zozobrar, vendrá la calma y brillará el sol nuevamente para él, sus queridos familiares y nuestra gloriosa Marina.
No decaiga ahora, capitán Ortega, siga con sus máquinas a full o como buen marino, ciñendo todo su velamen para seguir siempre avante a pesar de tener el viento en contra. Si se lanzó al abordaje cuando estimó que debía hacerlo, manténgase firme como el faro incrustado en medio de los farallones, que en las noches de tempestad sirve para guiar a sus camaradas del mar en medio de la oscuridad y peligros existentes.
En este juzgamiento repetitivo que por primera vez se ha hecho en la historia de la justicia ecuatoriana, el capitán Ortega podrá haberse dado cuenta de la solidez moral de muchos de sus camaradas, así como también de otros que prefirieron aconcharse a sotavento. Lo anterior fortalezca su acervo sobre las vicisitudes de la vida.
Como buen marino manténgase al pairo, capitán Ortega, que a mediano plazo tal como pasó con el capitán Alfred Dreyfus, en la Francia de principios del siglo pasado, aparecerá un nuevo Emile Zola con su magnífico J’Accuse y se lo reivindicará de todos los juicios, amenazas y sentencias de las cuales Ortega y Dreyfus fueron las víctimas. (O)
Eduardo Fierro Zevallos, Guayaquil








