Hay grandes novelas y hay novelas extensas. Las dos características, la calidad y el volumen (también podemos decir los volúmenes) no necesariamente coinciden pero, en ocasiones, las dos grandezas se aúnan en solo libro y entonces tenemos el equivalente literario de las catedrales, de los grandes frescos y de las mayores sinfonías. Obras de dimensiones heroicas, según unos, o divinas, según otros. En el siglo XX se escribieron tres de estas magnas construcciones, que no solamente asombran por sus dimensiones, su profundidad y su belleza, sino que, además, fueron nodos que marcaron la trayectoria de la narrativa occidental. Hablo de Ulises (910 páginas en la edición que manejo), de James Joyce; El cuarteto de Alejandría (cuatro tomos), de Lawrence Durrell; y la mayor de todas, En busca del tiempo perdido (siete tomos), de Marcel Proust. La Providencia me concedió la salud y el tiempo necesarios para leerlas íntegras, por lo que me he de considerar un hombre afortunado.
Justamente la semana pasada se cumplieron cien años del inicio de la publicación de En busca del tiempo perdido. Tardarían catorce años en salir de prensa todos los volúmenes, para cuando se editó el cuarto, su autor ya había muerto. Hay que llegar al quinto tomo para enterarse de que el protagonista se llama Marcel, igual que el autor, de quien es un trasunto muy claro. Proust escribió algunas obras menores, pero vivió para buscar el tiempo perdido en su novela colosal, no es una autobiografía, es la vida misma del escritor; como si Jesús mismo hubiese escrito los Evangelios buscando que “se cumpliese lo que dice la Escritura”.
Con todo, la esplendidez y el drama no quitan que hayan, en semejante continente, cuestas y parajes áridos. Sin ninguna autorización me permito estas calificaciones de las siete partes. Por el camino de Swan, preludia la maravilla, bastaría su última página para merecer la eternidad. A la sombra de las muchachas en flor, tan bello como su título. El mundo de Guermantes es profundo y precioso, como una joya de oro macizo. En Sodoma y Gomorra las especulaciones de Proust sobre la naturaleza del homosexualismo aflojan la marcha de la lujosa procesión. En La prisionera y La fugitiva, sin que falten páginas inolvidables, no hay mayor aporte; siendo publicaciones póstumas cabe preguntarse si su autor hubiese vivido, ¿las habría publicado tal cual están? Y El tiempo recobrado es la alta y magnífica torre que remata la catedral, confiriéndole sentido total. Borges dice: “en Proust siempre hay sol, hay luz, hay matices, hay sentido estético, hay alegría de vivir”, tiene razón pero, paradójicamente, eso no quita cierto dejo trágico a la novela. En semejante desmesura narrativa es inevitable llegar a apreciar y hasta querer a sus personajes, por eso duele que envejezcan, enfermen, mueran y claudiquen. El tiempo perdido está perdido irremediablemente. Sin embargo, pocas veces he sentido que he aprovechado tanto las horas de mi vida, como las que dediqué a leer En busca del tiempo perdido.









