La inmensa mayoría de burócratas son personas buenas y dignas, que creen que no deben ganar de balde sus emolumentos. Por eso buscan qué hacer y allí está el problema. Lo que se puede hacer en una entidad esencialmente no productiva como el Estado es añadir un nuevo trámite, condición, revisión, formulario, etcétera, a la ya engorrosa administración. Lo que podría gestionarse en una sola ventanilla se hace en tres o cuatro, en una revisan que llevemos todos los documentos, en otra hacen el procedimiento, en una tercera registran... seguro que le ha tocado, lector, hacer tres colas en donde habría bastado una. Lo que fue la “idea brillante” de un buen hombre para complicar una gestión, se transforma rápidamente en reglamento y termina petrificada e inamovible convertida en ley. Lo grave ha sido entonces la buena voluntad, no la corrupción y molicie de un grupo ínfimo de empleados públicos.
Es la misma perversa y terca realidad la que echa a perder los sistemas socialistas. Por supuesto que entre los propulsores de esa ideología hay logreros, gente autoritaria y resentidos que quieren desquitarse del mundo que les falló. Pero más del noventa por ciento son buenas personas, que buscan el bien a todos los seres humanos, aunque estos no estén interesados en esos beneficios. Entonces, lo que podía ser un favor termina siendo una carga cuando se hace “por tu bien”, ustedes recuerdan lo desagradable que era cuando padres y maestros usaban el mismo argumento. Por “su bien”, seguridad social obligatoria. Por “su bien” tiene que pagar espléndidas autopistas que no solicitó... perdón, perdón, señor, aquí ya no se pagarán peajes. ¿Ah sí? ¿Las hicieron de su bolsillo o de los impuestos de usted, lector? Y así que está forzado a pagar y, lo que es peor, a alabar nuevas obras y servicios en las que usted tiene poco o ningún interés. Es que así derrotaremos a la pobreza, ¿y quién les dijo que me interesa dejar de ser pobre?
Si usted habla con hombres de negocios, igualmente, en más de un noventa por ciento de casos, encontrará que son gentes de buena voluntad y loables intenciones, absolutamente persuadidos de que la clave de la felicidad humana está en el producto o servicio que venden. Entre ellos hay unos cuantos estafadores y abusivos que dan mala fama al gremio, pero son una minoría. Para cumplir con sus generosas intenciones con demasiada frecuencia suelen recurrir a los socialistas (declarados o no) que manejan los Estados para que, por el bien de toda la población, se declare obligatorio, o por lo menos se fomente, el uso de sus artilugios que evitarán el dolor, la pobreza o la muerte. El problema es siempre el mismo.
La propuesta de Don Peláez, el vagabundo, es un saludable individualismo, basado en la justicia, dar a cada uno lo que le corresponde, su lema lo toma de Ian Fleming, el padre de James Bond, nada menos: “Vive y deja morir”.









