928 mil ecuatorianos han optado por no donar sus órganos

Este año se han realizado 600 transplantes

Es siempre cuestión de tiempo. Una carrera en contra. Primero está el tiempo que se espera y se quisiera extender para que una vida no se extinga. Luego está el que apremia, porque lo que para unos es el fin, para otros es un inicio y entonces la vida y la muerte se unen en un solo propósito: devolver esperanza, ya que cuando una vida se pierde, otras pueden salvarse al ser donantes de órganos.

Esta es una condición que todos los ecuatorianos y extranjeros legales –mayores de 18 años– aceptan tácitamente si no expresan lo contrario en su cedulación. Así lo estipula la Ley Orgánica de Donación y Trasplante de Órganos, Tejidos y Células vigente desde marzo de 2011. Cifras del Registro Civil, que en marzo de 2012 inició la consulta de la voluntad de los ciudadanos a ser o no donantes, dan cuenta de que 6’019.175 personas lo son en el país.

La normativa garantiza el derecho a la salud en materia de trasplantes enmarcándose en la Constitución, que establece (art. 50) que quien sufra una enfermedad catastrófica o de alta complejidad tiene el derecho a una atención especializada y gratuita. De ahí que quien necesite un trasplante en Ecuador no debe pagarlo.

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Pero que lo garantice no quiere decir que quien requiera de un órgano para seguir viviendo tiene uno seguro. Yolanda Molina murió en 2011 esperando un trasplante de hígado. El reglamento de la aplicación de la Ley se publicó ocho meses después de su fallecimiento.

Yolanda tenía 66 años, cirrosis criptogénica desde 2004, dos hijos inhabilitados de ser sus donantes porque son epilépticos y un esposo que tenía más de 70 años, una condición que no permite serlo (la edad máxima es 60).

Entonces, su familia no pudo ayudarla. “Hicimos tanto...”, cuenta su hija, María Auxiliadora León, para quien esa experiencia estuvo marcada por optimismo y desaliento. ¿El optimismo? Venía de su madre.

“Estuvo más de seis veces en coma y aunque pensé, antes de su fallecimiento, que de ninguno volvería, ella lo hacía”. Yolanda ingresó a la Lista Única de Espera Nacional del Instituto Nacional de Donación y Trasplante de Órganos, Tejidos y Células (Indot), pero su hija rememora que esta “no avanzaba a menos que un paciente que la lideraba falleciera”.

En esa lista tienen prioridad los menores de edad, personas con discapacidad, con doble vulnerabilidad y pacientes en ‘código cero’, es decir, aquellas personas que están en peligro de muerte si no se trasplantan de manera urgente. “La asignación de órganos no se da por orden de llegada a la lista”, dice en su página web el Indot, entidad que respondió vía e-mail a este Diario que 1.979 personas han recibido un trasplante en los últimos seis años.

El organismo indica que el tiempo de permanencia de un paciente en la Lista de Espera va de 18 a 48 meses. Y que el 18% de los pacientes ingresados ha recibido un trasplante.

Entonces además del tiempo y de la urgencia, entra a jugar la suerte. Porque Yolanda esperó y luchó por un trasplante que nunca llegó. Jorge Mora, de 65 años, sí lo recibió hace once días. “Realmente fue uno de los afortunados... tiempo en lista no estuvo, unos dos o tres meses, no fue más de eso”, cuenta Javier Mora, hepatólogo de la Unidad de Trasplante de Hígado del hospital Luis Vernaza de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, el único de la Costa que realiza trasplantes hepáticos y renales.

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También los hace de córneas –es el trasplante más frecuente en el país– junto con otros 33 establecimientos distribuidos entre Quito, Guayaquil y Cuenca acreditados por el Indot para hacer trasplantes.

En la Sierra, los hospitales Carlos Andrade Marín, el de las Fuerzas Armadas, el Eugenio Espejo y el Pediátrico Baca Ortiz, en Quito, y José Carrasco Arteaga, en Cuenca, cubren la demanda de estos dos tipos de trasplante. ¿Y qué pasa con los de otros órganos? El Indot señala que actualmente, a más del renal y el hepático, se realizan trasplantes de tejidos (córneas, ligamentos, membrana amniótica y hueso) y células.

La argentina Candela Ceballos, directora de la Unidad de Trasplantes del Luis Vernaza, dice que en el país sí se han hecho algunos de páncreas. Pero que quien dependa de un nuevo pulmón o de un nuevo corazón no lo conseguirá en Ecuador: “Lamentablemente todavía no tenemos profesionales que puedan hacer esos trasplantes”, sostiene Ceballos.

¿Qué pasa entonces en estos casos? “La gente que necesita un trasplante de pulmón tiene que recurrir a centros en el extranjero, lo cual es cada vez mucho más difícil... Los países están ya haciendo leyes que no permiten el ingreso de pacientes que no son del propio país porque ya ellos tienen listas de espera... a pesar de eso todavía sí se pueden hacer, pero con costos bastante elevados. Un trasplante de esos fuera del país puede llegar a costar $ 500 mil. Eso quiere decir que los pacientes que requieran esos tipos de trasplantes que no hacemos en el país se van a morir”, sentencia Ceballos.

Ella también indica que enfermedades crónicas degenerativas como la insuficiencia renal pueden conllevar a necesitar un trasplante. Es el caso de Francisco, para quien esa operación fue “un cambio total de vida”. “Una vez que uno pasa la etapa después de estar terriblemente, tú la pasas muy bien”, dice Francisco, quien estuvo un año en la Lista Única de Espera Nacional y es uno de los 120 casos de trasplantes de riñón del Luis Vernaza.

De córnea se han hecho más de 250 y de hígado, 34. Pero también han utilizado hasta 1.000 tejidos en diferentes pacientes. “Con una sola persona que fallezca nosotros podemos llegar a trasplantar a más de 50, 100 personas...”, dice Ceballos.

Considerando esa dimensión y que se trata de un problema de salud pública, Ceballos indica que la sensibilización del tema debe impulsarse en las escuelas y colegios. “Es ahí donde uno crea la conciencia y el cambio cultural para aceptar de que en algún momento me puede pasar a mí o algún ser querido mío necesitar de un órgano para trasplante”, señala.

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Daniela Peralta, quien promueve la campaña #YoTengoDerechoADonar, concuerda y refiere que la educación, en este tema, es la piedra angular. “Es impactante ver cómo la gente no piensa que le podría pasar a ellos. La verdad, el país está en pañales... más que nada en el tema de concienciación sobre la donación de órganos”, opina.

Por eso considera que las familias deberían tener la confianza de hablarlo. “Yo le dije a mi mamá: cuando yo me muera, no quiero irme con mis órganos al cielo..., entonces eso es lo que hay que promover”.

Por su parte, León señala que cuando pasó lo de su madre no existía una campaña masiva de concienciación dirigida a la ciudadanía, algo vital para concretar trasplantes. “Sin donantes, no hay trasplantes”, dice.

Los datos del Registro Civil, a octubre pasado, muestran que 928.094 han expresado su voluntad negativa de serlo. La institución aclara que no se preguntan las causas por las que alguien decide no ser donante.

Es siempre cuestión de tiempo, una carrera en contra, una carrera por la vida. Pero siguen registrándose casos como el de Yolanda Molina, quien luchó y esperó por un trasplante que nunca llegó. (I)

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