Salió de la oscuridad y sin decir nada sacó un machete que escondía en la espalda bajo su ropa y lo levantó sobre el rostro de Jéssica Ruiz, quien atinó a cubrirse con los brazos. La fuerza con la que el hombre empuñó el arma sobre su conviviente Jéssica fue tal que de un solo golpe, según recuerda la afectada, casi le cercenó los antebrazos, que posteriormente fueron amputados en el hospital, en Guayaquil.
El hecho ocurrió a las 21:30 del domingo 8 de diciembre pasado en Piñal de Abajo, una zona rural rodeada de arrozales en el cantón Santa Lucía, en Guayas. Más temprano, el agresor, conocido como Guanchaca por su afición a esa bebida popular en la zona rural, había ingerido alcohol, según Nancy, hermana de Jéssica. “Quería matarla, pero la encontró afuera de la casa”, cuenta.
Este hecho fue narrado por Jéssica el 13 de junio pasado en el Municipio de Huaquillas, en El Oro, adonde fue invitada por las autoridades para que contara el caso. “Hay que denunciar y no dejar que los hijos vean este maltrato”, dijo Jéssica en el auditorio municipal ante decenas de empleados públicos e invitados al acto en el cantón.
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Lo dice arrepentida por no haber reaccionado antes. Tal como pasó con ella, la mayoría de estos casos se quedan sin ser denunciados. La Fiscalía registró 2.227 hechos de violencia intrafamiliar que implicaron lesiones en el 2013. En el 2012 se contaron 2.150 casos y en el 2011, 2.221. Estas cifras incluyen los que son denunciados.
Pero el problema de la violencia intrafamiliar es más común. Según la última encuesta realizada por el INEC en el 2011, seis de cada diez mujeres han vivido algún tipo de violencia de género. La condición social o el origen urbano o rural no marcan diferencias.
Además, el 87,3% de las encuestadas dijo que vivió violencia física en sus relaciones de pareja, como el caso de Jéssica, que se maneja en los juzgados como tentativa de asesinato. El atacante fue detenido la madrugada del 6 de febrero pasado. Luego de la audiencia dijo: “Primeramente, le pido perdón a mis hijos y a mi mujer. El resto lo sabe ella”.
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En la charla que dio en Huaquillas le preguntaron si lo perdonaba, Jéssica respondió que sí. Allí la afectada volvió a recordar cuando se desplomó sobre la tierra frente a su hijo mayor de 7 años, quien corrió donde Nancy en busca de ayuda. En medio de la escena, la hermana menor y un vecino intervinieron, pero Guanchaca también les propinó machetazos y luego huyó en una canoa a remo por el río Piñal.
Desde entonces, Jéssica cuenta que no ha llorado. No lo hizo ni cuando iba en la camioneta con dos prendas que Nancy le ajustó sobre sus heridas para retener la sangre. Tampoco lloró tres días después cuando recobró la conciencia en el hospital Luis Vernaza de Guayaquil y se percató de que había perdido las extremidades.
Y dice que hasta ahora no lo hace. “Solo le pedí a Dios que me saque con vida de esto por mis hijos. Si lloro es como si lo defraudara”, afirma.
Jéssica cree que debe mantener calma, tranquilidad. Casi siempre se la ve con una sonrisa que pasa a un gesto de dolor cuando le ajustan las prótesis que el Ministerio de Salud le entregó hace dos meses.
Ante el recuerdo de lo acontecido hace pausas y su rostro se torna serio. Luego empieza a contar que su conviviente con el que vivía desde el 2005 no siempre fue violento, al menos físicamente. Al inicio tenían problemas pero, afirma, la violencia empezó un año y medio antes del 8 de diciembre.
En ese tiempo, su pareja empezó a ausentarse del hogar hasta el punto que solo llegaba una vez a la semana a dejarle $ 20 y una mochila llena de ropa por lavar. Aquello motivó a que Jéssica saliera a trabajar como empleada doméstica en Guayaquil.
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Pero las peleas se hacían más constantes. Su esposo, quien laboraba para contratistas del Miduvi, llegó a admitir que tenía otra mujer. Las discusiones terminaban con amenazas, cachetadas, violaciones sexuales y con un cuchillo alrededor del cuello, pero Jéssica siempre lo perdonaba: “Lo amaba”, dice ya seis meses después de la tragedia. Y añade: “Me veía con dos hijos y pensaba que ningún hombre me querría”.
Seis meses antes del 8 de diciembre, Jéssica regresó donde sus padres, pero volvió a buscarla y lo perdonó: “Me dijo que iba a cambiar, que le dé otra oportunidad”, recuerda, justificando la actitud que tuvo frente a su marido. Ahora vive con sus hermanas y su hijo menor.
Allí pasa la mayor parte del día sin sus prótesis, cubriéndose los brazos mutilados con un chal. Nancy, quien ha asumido el rol de madre debido a que la progenitora natural sufre de esquizofrenia, la asiste.
Jéssica, en tanto, añora estar con su hijo de 7 años, quien vive en Daule con otra hermana por su estudios. Ambos recibieron ayuda psicológica.
Tras la tragedia, el niño decía que quería cortarle los brazos a su padre por lo que le hizo a su madre. La familia atina a decirle que todo ha sido un accidente, que su papá nunca quiso hacerlo, algo que Nancy duda. Para esta madre soltera de tres hijos todo pudo evitarse: “El problema es que mi hermana estaba aislada”, afirma.
La psicóloga Tatiana Centeno, del hospital de Daule, fue una de las primeras que atendieron a Jéssica y al hijo que atestiguó el hecho. Cuenta que este caso tiene las características típicas del seductor que convence a la chica para luego hacerla de su propiedad, alejándola de las redes de apoyo, lo que implica un problema de autoestima del agresor y de su víctima, quien se vuelve codependiente. “Responde, lamentablemente, a la cultura que inculcamos a las hijas: Te hiciste de compromiso, quieres esposo, atente a las consecuencias; si tu esposo te maltrata, tú lo resuelves. Eso se repite en Daule y en el país”, dice.
60,6% de las mujeres encuestadas por el INEC en el 2011 dijo que ha vivido algún tipo de violencia de género en el país.
70% de las mujeres encuestadas que dijeron que habían afrontado violencia de género no tenía ningún tipo de instrucción educativa.



















