Medicina y 'productividad'

Hace ya más de un año que se dispuso que los médicos especialistas de los diferentes hospitales públicos del país cumplieran una jornada de ocho horas diarias. Como suele ocurrir con ciertos cambios, el proceso de adaptación ha sido lento, y más o menos complicado según cada profesional. Habiendo sido nombrados y contratados para una labor de cuatro horas diarias, la duplicación de la jornada (con un reajuste salarial no proporcional al incremento) ha obligado a los médicos a modificar su vida. Si reparamos en que la mayoría mantiene una consulta particular -que es, además, la que permite atender gastos de actualización y de equipamiento- podremos darnos cuenta de que no se ha tratado de modificaciones sencillas.

Tradicionalmente, el hospital ha sido considerado como el mejor lugar para el ejercicio profesional. La diversidad de casos clínicos permite la interacción académico-científica del personal médico y paramédico, un intercambio enriquecedor que luego se ve reflejado en una atención de calidad al paciente. La preservación de la pirámide de atención ha garantizado que los profesionales recién graduados tengan un tutor monitoreando su desempeño y apuntalando un proceso de aprendizaje sustentado en la experiencia. A lo largo de esa pirámide, que va desde el estudiante de medicina, pasa por los médicos residentes en diferentes niveles y llega hasta el especialista, se analizan, se discuten y se deciden las mejores opciones para el paciente, quien es, al fin y al cabo, el principal destinatario del trabajo médico.

El paciente de hospital, además, es diferente al paciente de la consulta ambulatoria. Plantea desafíos distintos. Exige decisiones ágiles y efectivas, basadas en la evidencia y en la experiencia, en el contexto y la realidad de ese momento. Los hospitales de tercer nivel -de referencia y altamente especializados- atienden los casos más complejos y, en consecuencia, requieren el mejor personal y los mejores recursos. Y, como en todo lo que tiene que ver con la medicina, con mayor razón en los hospitales, la responsabilidad ética de los médicos y demás personal hospitalario debe alcanzar cotas muy elevadas.

Los cambios, pues, no deberían poner en riesgo la calidad de la atención en la hospitalización. Los modelos de gestión hospitalaria puramente administrativos y gerenciales no solo que se desligan de la realidad médica, sino que hasta pueden pervertirla. El análisis y la evaluación del funcionamiento de un hospital y de la calidad de la atención médica no pueden reducirse a cifras y números, a una cuestión de "producción" pacientes/hora. Ni es justo ni tiene sentido limitar la actividad del médico a una mera producción numérica sin considerar su preparación, su experiencia y las condiciones en que debe ejercer.

Es de conocimiento general que especialistas de diferentes instituciones hospitalarias han ido retirándose de ellas: muchos acogiéndose a la jubilación, pero no pocos presionados también por un sistema que, lejos de ser estimulante y gratificante, ocasiona desasosiego. Después de todo, cada quien preserva su salud física y emocional; y, si se ha cultivado la consulta privada, el trabajo no faltará. Pero, ¿estarán conscientes las autoridades de la debacle que puede avecinarse con hospitales llenos de profesionales inexpertos?