La 'revolución ciudadana' que se mira en la liberal

Documento histórico: Partida de defunción de Eloy Alfaro

El uno se enfrentó a lo que en su discurso llamaba “oscurantismo”. El otro, a la “larga noche neoliberal”. El uno llegó al poder por las armas, ante la imposición de un modelo teocrático y feudal. El otro, por las urnas, ante el desgaste de los partidos políticos y la frágil institucionalidad. El uno lideró el ala radical del liberalismo. El otro, un proyecto político inscrito en el llamado socialismo del siglo XXI.

Dos caudillos. Dos procesos. Eloy Alfaro y la Revolución Liberal. Rafael Correa y la revolución ciudadana. Aunque más de un siglo los separa, el actual presidente ¬quien hoy cumple cinco años en el poder¬ constantemente dice que la suya es, también, una revolución alfarista.

El día de la posesión de su primer mandato, junto a las réplicas de las espadas de Simón Bolívar y de Alfaro, citó a Pablo Neruda. Leyó el cierre de Un canto para Bolívar, escrito por el poeta chileno, en el que el Libertador dice: “Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”.

“Y fue 100 años después de la gesta libertaria bolivariana que volvió a despertar el pueblo, liderado por el general Eloy Alfaro”, mencionó Correa en su discurso. “Ahora, a los cien años de la última presidencia de Alfaro, nuevamente ese despertar es incontenible y contagioso”.

En la práctica, sin embargo, ¿qué tan compatibles son los postulados de la Revolución Liberal con los de la llamada revolución ciudadana? ¿Es posible establecer un paralelismo entre el alfarismo y el correísmo?

Para el historiador Willington Paredes, director del Instituto de Investigaciones Económicas y Políticas de la Universidad de Guayaquil, la imagen de Alfaro que ofrece el actual Gobierno muestra una “interpretación recortada y politizada”.

“Establece un vínculo ideológico imaginario para hacer creer que hay una continuidad en los procesos. Ocurre en Venezuela con Hugo Chávez y Simón Bolívar; en Cuba, con Fidel Castro y José Martí; en Nicaragua, con los sandinistas”.

Según Paredes, la lectura política que se propone es reaccionaria y distorsiona la historia. “Se plantea una supuesta reivindicación de Alfaro, pero desde una visión caudillista. Se silencia a los actores colectivos de la Revolución Liberal como los montoneros o los grupos agroexportadores de la Costa. En la Revolución Liberal el actor principal fue el pueblo, pero se vende la imagen del caudillo, del tótem, del dios, del que conduce”.

Triunfa la Revolución Liberal el 5 de junio de 1895 y Alfaro es llamado para asumir como jefe supremo, luego presidente interino y al final, constitucional.

El proceso supuso una transformación radical del Estado, sustentada en el respeto a las libertades individuales (de pensamiento, religión y enseñanza), el laicismo (la separación entre Iglesia y Estado, que se manifestó, por ejemplo, en el acceso a una educación laica, la ciudadanía o el matrimonio, independientemente de la religión) y a la integración de la nación a través del ferrocarril, su obra insigne (iniciada por Gabriel García Moreno y concluida por él).

En 1896 se promulgó, mediante Asamblea, la primera Constitución liberal que garantizó el respeto a todas las creencias religiosas, aunque señaló que la república era católica. Tras finalizar su primer periodo, en 1901, lo sustituyó Leonidas Plaza, pese a que Alfaro proponía la candidatura de otros dirigentes.

El apoyo del partido se dividió, entonces, entre alfaristas y placistas. En el gobierno de Lizardo García, Alfaro lidera un golpe de Estado que lo proclama como jefe supremo desde 1906 y gobierna, como presidente interino y luego constitucional, hasta 1911, cuando fue derrocado.

Es en esta nueva etapa que redacta la segunda Constitución liberal (1906), que ya declara la separación de la Iglesia y Estado.

Pero su revolución no solo implicó un enfrentamiento entre conservadores religiosos y liberales laicos. Fue también el choque de dos modelos económicos: el agroexportador, mercantil y financiero de la Costa, y el terrateniente de la Sierra.

En el debate histórico se habla de dos fases del liberalismo: el radical (1895-1912) y el plutocrático u oligárquico (hasta 1925).

Pero para Paredes, Alfaro también fue liberal en lo económico y tuvo entre sus aliados a la empresa privada. “Basta con mirar a sus colaboradores más cercanos, de la burguesía. Sus ministros de Hacienda eran de esa burguesía agroexportadora”.

El historiador Patricio Ycaza Cortez destaca, no obstante, la base popular de la revolución. Por ejemplo, en la Costa, bajo la consigna “libertad o muerte”, los campesinos se movilizaron para ser parte de los montoneros.

Uno de los ideólogos de la revolución ciudadana, hoy alejado de ella, ve más diferencias que similitudes. Alberto Acosta, quien presidió la Asamblea instalada en Montecristi, ciudad natal de Alfaro, destaca que él empieza su lucha 31 años antes de llegar al poder. Correa, en cambio, dos años antes, como ministro de Finanzas (2005).

Para Acosta, la tesis liberal de Alfaro era revolucionaria en su época. Correa, en cambio, adopta el socialismo del siglo XXI, “algo amorfo” que ¬según él¬ se convierte en una muletilla para tratar de explicar un gobierno “cada vez más de derecha”.

Señala el porqué. Dice que los grandes grupos económicos mantienen cuantiosas utilidades. Pone a la banca como ejemplo. Recuerda que Correa resaltaba que una de las rupturas de la revolución era la separación del Estado y la banca. Sin embargo, dice Acosta, esta sigue siendo una de las grandes beneficiarias: el año pasado incrementó sus utilidades en el 51% respecto a las del 2010.

Cuestiona, además, que Correa sea “el mayor promotor de la megaminería” y “el señor de las transnacionales”. Rechaza que siga entregando campos a los grandes grupos petroleros, aunque haya mayor participación estatal en la renta. A su criterio, el modelo económico de este gobierno mantiene una lógica extractivista, vinculada al mercado y violenta con la naturaleza y las comunidades.

Con él discrepa la historiadora manabita Tatiana Hidrovo, exasambleísta de PAIS y actual presidenta del ahora Centro Cívico Ciudad Alfaro. Dice que Correa trata de concluir las demandas que quedaron pendientes tras la muerte de Alfaro, en 1912.

Para ella, ambos procesos son nacionalistas, una característica que ve, por ejemplo, en la protección de la industria nacional y la construcción ¬y ahora reparación¬ del ferrocarril como eje de integración. Señala otra similitud: “Lo más importante del radicalismo es que por primera vez incorpora a la lucha política a los sectores populares”.

Para el analista político Felipe Burbano de Lara, la revolución alfarista fue un intento por crear una nación que se pensara a sí misma desde la modernidad, fuera de la Iglesia, con más libertades. En esa línea, dice que el régimen intenta establecer una imagen de continuidad con esas luchas emancipatorias.

Si bien ambos procesos no son comparables, las revoluciones podrían entenderse como procesos de profunda transformación de estructuras. “Intentan marcar un corte profundo con respecto al pasado y, en ese sentido, puede haber una similitud entre ambas. El proceso actual no involucra la confrontación bélica de fuerzas sociales, pero involucra la idea de un cambio profundo de ciertas estructuras, por ejemplo, un cambio de orientaciones de políticas públicas, redefinición de relaciones internacionales o la ampliación del marco de acción del Estado”.

Otra diferencia. Simón Espinosa, en Presidentes del Ecuador, destaca el tono conciliador de Alfaro. Cita un telegrama del 6 de junio de 1895. Dijo: “El programa de mi gobierno será de reparación, nunca de venganza, nada de resentimientos por lo pasado; justicia y justicia inquebrantable debe ser, desde ahora, nuestra sagrada consigna”.

Como la Revolución Liberal (dividida entre radicales y plutocráticos), la ciudadana también se fragmentó. Para Acosta, se debe a que la revolución devino en populismo, clientelismo, caudillismo y muy pocos espacios de participación en la toma de decisiones, por ejemplo, en la definición de leyes; dice que fue Correa el mayor defensor del no al aborto, del no al matrimonio homosexual y el nombre de Dios en la Constitución.

El historiador Enrique Ayala Mora opina que la Revolución Liberal es la única que ha habido en la historia del país y “por eso debe ser estudiada y conocida para que, cuando nos toque hacer una revolución, tratemos de estar no a la altura de Alfaro, pero al menos sabiendo distinguir entre cambios cosméticos y un proceso revolucionario”.

Alfaro gobernó en pleno auge cacaotero; Correa, en pleno auge de los precios del petróleo. Ayala cree que en medio del declive de los precios del cacao, los banqueros y grandes comerciantes que ¬dice¬ necesitaron, pero nunca quisieron a Alfaro, querían volver a dirigir el país.

Alfaro, sin embargo, había ido perdiendo popularidad. Aunque la Constitución liberal abolió la prisión por deudas, en la práctica no se eliminó el concertaje (un “contrato” vitalicio que obligaba a indígenas y campesinos a realizar trabajos agrícolas) ni se hicieron cambios estructurales en la tenencia de tierras o en la distribución del ingreso a favor de las clases más populares.

“Si en esta revolución no hay espacios para la crítica, para el debate público, no hay democracia; y sin democracia no hay revolución”.
Alberto Acosta,
exmilitante de PAIS

“Tenemos que aprender de Alfaro sabiendo que ahora no tenemos un proceso revolucionario y que hay que prepararlo”.
Enrique Ayala Mora,
historiador

“Alfaro no era de izquierda ni de derecha. No hay que entenderlo en ese contexto. Era un liberal: liberal en lo social, liberal en lo económico”.
Willington Paredes,
historiador

“El proyecto liberal, como el proyecto de la revolución ciudadana, está más enfocado en el servicio a los ciudadanos”.
Tatiana Hidrovo,
militante de PAIS