Aquellos antiguos centros particulares de enseñanza que originan evocaciones

En medio de los insalvables  ‘correteos’ tan propios de la época de matriculación para cada periodo lectivo en escuelas y colegios, resulta imposible negar que no pocos sino muchos ciudadanos evocan su etapa estudiantil y las vicisitudes de sus mayores por el ansiado cupo y la compra de los uniformes y útiles escolares.

Este año  tampoco fue la excepción y quizás dejó algo de espacio para que incontables jefes de hogar recordaran su matriculación directa en planteles particulares –cuando los recursos económicos familiares lo permitían– o porque al negársele el ingreso al colegio fiscal de su ilusión, los padres optaron por uno pagado.

Incluso esta oportunidad  pudo ocurrir cuando ya adultos y deseosos de terminar sus estudios apreciaron   las propuestas de los planteles privados, que en varias décadas del siglo pasado fueron muy populares y a través de periódicos y radioemisoras  ofrecieron cabida en sus aulas.

Ajenos al ánimo de establecer diferencias o  críticas buenas o-y malas para un determinado plantel, esta vez emprendemos un inventario de esos centros de enseñanza que coparon una importante época e impulsaron el  avance cultural de los guayaquileños.

Sin olvidar los ‘tradicionales’ planteles creados en el siglo XIX, resulta grato recordar los que nacieron en las primeras décadas de la centuria pasada, los cuales se afianzaron y completaron muchos años de servicio. Incluso varios de ellos llegaron a este milenio con más  espacio físico  y cambios pedagógicos.

Recordemos entonces el  colegio Mercantil, fundado en 1898 y que todavía funciona; a los desaparecidos pero prestigiosos liceos América, Juan Montalvo y Ecuador, dirigidos por los maestros Carlos Estarellas Avilés, Pedro Martínez Guerrero y Luis M. Guevara-Lucila Guevara Moreno, en su orden.  

De igual manera, el ciclo educativo Tarqui, de Eloy Velázquez Cevallos, y el Letras y Vida, de Amanda de Larrea.

Tuvieron masiva aceptación los colegios Dolores Baquerizo, Marco A. Reinoso, Seis de Marzo, Atahualpa y Eloy Alfaro (después Cinco de Junio y finalmente 15 de Noviembre). No resultaban desconocidos el Instituto Coello, que fundó la maestra Jacinta Coello, posteriormente de Pinto, y el Instituto Nacional, que lo creó el educador José Mendoza Cucalón en 1932. Ambas instituciones siguen laborando.

Igualmente recibieron numerosos estudiantes el liceo Velasco Ibarra y los colegios Germania, Gloria Gorelik, República del Ecuador, Trece de Abril, Santa Fe, Reino de Quito, José Enrique Rodó, Lopezdomínguez, Reinaldo Vicuña Pérez y el instituto Víctor Emilio Estrada (más tarde colegio Estrada), bajo el liderazgo de Haydée Velázquez de Vélez y Alejandro Vélez.

Otros centros privados de enseñanza primaria y secundaria que algunos vecinos todavía recuerdan fueron Infancia Guayaquileña, de José Echeverría López, en Quito y Luque; el instituto Diez de Agosto, que fundó en 1940 el profesor Elías Emén Safadi; el colegio Semillero, el instituto Selecto, la escuela moderna ABC y la Academia Técnica de Secretariado (ATS).

La Escuela Activa, que fundó la acreditada preceptora Hipatia Paladines de Chavarría, en Lizardo García y Hurtado, constituyó la fase pionera del  Urdesa School. Y si a buen crédito nos atenemos allí deben estar los planteles de la Sociedad Hijos del Trabajo, Club de Trabajadores Guayas, Sociedad Filantrópica del Guayas y Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, por su tradicional preferencia en la comunidad porteña.

El espacio falta para incluir más nombres, pero los citados  servirán para que el  lector se embarque en el carro del recuerdo y aumente la lista.

Al cumplir la tarea seguro que evocarán los  eslóganes “El colegio de los campeones” y “Por una juventud responsable y una patria mejor”, que leyeron o escucharon en la segunda mitad del siglo pasado.