lunes 30 de junio del 2008 Columnistas

1776

El próximo viernes se celebrarán 232 de la suscripción de uno de los documentos más importantes en la historia de la humanidad: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. El preámbulo de esta pieza inigualable establece principios que antes pocas veces o ninguna se habían expresado con tanta eficacia y certeza: todos los hombres son iguales; todos tienen derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; los gobiernos derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados; cualquier gobierno que atente a estos valores puede ser abolido. ¿Para qué más fárragos, añadidos e interpretaciones? Toda la filosofía política, todo el derecho, están contenidos en esa humilde hoja de papel expedida por el Congreso Continental en Filadelfia.

Cuando Dios le preguntó a Salomón qué quería para ser rey, él le pidió un corazón bueno y sabiduría para gobernar. A Yahvé le gustó el pedido del rey hebreo, por lo que le concedió también lo que no había pedido:
“riquezas y gloria, como no tuvo nadie”. Algo así sucedió con el país que los Padres Fundadores constituyeron el 4 de julio. Ellos quisieron establecer un Estado basado en la razón y la libertad, los designios superiores dotaron a la nación que crearon de poder y prosperidad como jamás consiguió pueblo alguno en la Tierra.

Los Estados Unidos se darían luego una Constitución perfectible que permanece en vigencia dos siglos y cuarto. Un documento sencillo de tres páginas y media. Ahora que estamos refundando el Ecuador (¡por vigésima segunda vez!) sería lógico que volvamos la mirada hacia el país que más éxito ha tenido en la historia de la humanidad, en lugar de inventar el agua tibia o, peor, de basarnos en las recetas de los peores fracasos económicos y sociales del siglo XX. Un buen administrador, un emprendedor, que quiera tener éxito ha de estudiar los casos de empresas venturosas y ha de imitarlas, si actuase en contrario pediríamos su interdicción por dilapidador o chiflado, ¿no es cierto?

Por ejemplo: tal como querer hoy aquí, imponer la “solidaridad” por mandato es por principio una aberración (“grave error del entendimiento”, DRAE); lo propio, decretar el “buen vivir” por la gracia de los constituyentes, es conceptualmente un disparate (“algo fuera de la razón o regla”, DRAE). ¿No sería mejor dejar que los hombres en libertad, con iguales oportunidades, busquemos como individuos la felicidad cada uno, tal como lo propusieron los delegados del Congreso Continental…?

“Si andas por mis caminos, guardando mis mandamientos, como anduvo David tu padre, yo prolongaré tus días”, advirtió Yahvé a Salomón.
Desgraciadamente, los dirigentes norteamericanos no siempre han seguido la ruta y guardado los preceptos de los Padres Fundadores: pecaron desde la esclavitud africana hasta Guantánamo. Eso empaña, ciertamente, pero no altera la bondad esencial del sistema. La gran nación norteamericana y sus instituciones continúan siendo la mayor reserva moral de la humanidad y en la retoma estricta de sus principios originales reside el futuro de la libertad, la democracia y la prosperidad en toda la Tierra.
Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.