Benedicto XVI dirigió hace poco a la profesora Mary Ann Glendon, presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, una carta con un rico mensaje acerca de tres desafíos del mundo globalizado: desarrollo sostenible, dignidad de las personas y cultivo de los valores espirituales.
1) Los recursos del mundo son limitados; este hecho es reconocido por la comunidad internacional, afirma el Papa. Por eso cada pueblo tiene el deber de aplicar políticas orientadas a la protección del ambiente. Afrontar este desafío exige una capacidad de evaluar, de prever las dinámicas de cambio ambiental y de aplicar soluciones a nivel nacional e internacional. El desarrollo no puede limitarse al aspecto técnico y económico, pues, si descuida la dimensión moral y religiosa, terminaría fomentando el egoísmo y la capacidad destructiva del hombre.
2) El respeto a la persona es reconocido en declaraciones internacionales y en documentos legales; falta asegurar que este reconocimiento tenga consecuencias concretas en la atención a los problemas.
El Papa cita como problemas globales: “la creciente brecha entre países ricos y pobres, la desigual distribución de los recursos naturales y de la riqueza producida por la actividad humana, la tragedia del hambre, de la sed y de la pobreza, en un planeta en el que hay abundancia de comida, agua y prosperidad”. Señala también los sufrimientos de los refugiados, la falta de protección legal para los no nacidos, el abuso de los niños, el tráfico internacional de seres humanos, de armas y de drogas.
3) El tercer desafío es el peligro de que la sociedad tecnológica destierre los valores del espíritu. La globalización multiplica e intensifica la interrelación entre personas y pueblos, interrelación para dar y recibir. Cada pueblo ha de cultivar su identidad, que tiene valores o fortalezas, y también vacíos. Si un pueblo no cultiva su identidad, si recorta un elemento, por ejemplo, el religioso, será absorbido y engrosará la monótona y esterilizante uniformidad.
Los pueblos del mundo, en virtud de sus diferencias, están continuamente aprendiendo el uno del otro. Por eso es cada vez más importante el diálogo que ayude a las personas a comprender las propias tradiciones.
La globalización no puede reducirse en un copiar al fuerte; debe ser un mutuo intercambio de virtualidades.
Afrontar estos retos exige una justa igualdad de oportunidades, especialmente en el campo de la educación y de la transmisión del conocimiento.







