No quiero referirme a la canción que en los ochenta popularizaron los Menudo, sino hacer una invitación a desacatar una disposición que, por absurda y desatinada, es imposible que surta efecto alguno. Resulta fácil entender que la idea de reducir el uso de la motocicleta a una persona por vez, haya nacido del Ministerio de Gobierno, porque allá en las alturas poco interés y conocimientos se tiene sobre la comunidad guayaquileña y nuestras circunstancias. Pero, que la CTG ignore el servicio que esta modalidad de transporte presta a nuestra sociedad, es imperdonable necedad.

Este vehículo, en las poblaciones del Litoral, especialmente en nuestra ciudad, es un medio e instrumento que las clases media y media baja utilizan para movilizarse. Es muy frecuente ver numerosas familias constituidas por algunos miembros desplazarse hacia el Malecón o La Playita en busca de esparcimiento. Marido y mujer van al trabajo, ella en el asiento posterior fabricado ex profeso para instalar un acompañante y durante el periodo escolar también lo harán los niños sentados en medio o delante de los padres.

Hombres de distintos oficios: electricistas, carpinteros, gasfiteros, etcétera, u otros, como lo grafica Bonil  en su ingeniosa columna, acuden a sus labores llevando al oficial y sus herramientas. Muchas veces transportan piezas pequeñas de madera, tubos y otros útiles necesarios para ganarse la vida.

Son realidades nuestras que algunos alienígenos, ajenos al submundo de los menos favorecidos parecen no ver, lo cual denota la superficialidad con que muchos ejercen cargos públicos.

Lo que sin duda ocurrirá con orden tan desacertada, será una mejoría en el “ingreso” del vigilante de tránsito. Pues, al motociclista y sus acompañantes siempre les saldrá más barato entregar una coima, que pagar un transporte caro del que, además, puede resultar asaltado o muerto.

¿Por qué numerosos miembros de este estrato social, en forma significativa recurren a la motocicleta para movilizarse? Deberían saberlo pero lo callan: porque en los vehículos que realizan el transporte público, conocidos como “Especial” para matar, “Popular” del maltrato y “Selectivo” para delincuentes, son humillados, degradados, asaltados, o sus hijos secuestrados o violados, y por si fuera poco, expuestos a morir triturados por estos meteoros urbanos. “Servicio público” destinado a atropellar a quien lo utiliza, identificable con cualquiera de los adjetivos con que la lengua española califica lo abyecto y ofensivo. Y porque abrumado por un mísero ingreso e inflación sostenida, falto de trabajo y oportunidades, el valor del pasaje incide en demasía sobre sus escasos recursos.

¿Por qué no prohibir también que taxis y autos particulares, medios preferidos por la delincuencia, lleven más de una persona? O disponer que los peatones no caminen en parejas o ingresen en grupos a bancos u otros negocios. No señores, la delincuencia no se combate con simplezas tan elementales. Siendo un fenómeno social resultante de la corrupción, la quiebra moral de la familia, la defección de la enseñanza y la mediocridad y mal trabajo de muchos maestros, altamente gravitantes sobre la formación en valores de la juventud, debe ser afrontado por profesionales en la materia, manejado por políticas de Estado de tan amplio espectro y especialización, que no me atrevo a hacer sugerencia alguna.