La historia política ecuatoriana de los últimos ocho meses más bien parece  historieta.  Me recuerda una de muñequitos que leía de niño en la revista Peneca,  en medio de cuyos episodios aparecía un hombrecito ya mayor, encargado de dirigir el tráfico, que siempre gesticulaba y decía –con palabras escritas en el globo que apuntaba como saliendo de su boca–  “nocs vobt  kapotc”. ¿Lo entendieron? Yo tampoco. Pero era muy divertido.

Eso debe ser, precisamente, lo que trae a mi memoria dicha historieta: su personaje central que hace y dice cosas que nadie termina de entender. Así, El Comercio de Quito –al que saludo en su Centenario–, en su Análisis Político de ayer, suscrito por Marco Aráuz, comienza con un par de frases que podríamos suscribir también el común de los ecuatorianos: “El presidente Alfredo Palacio se llevará consigo un gran secreto: ¿cuál es la lógica en la cual basa sus decisiones públicas? La pregunta, en principio, debería ser cuál es su criterio sobre la cosa pública en la cual basa sus decisiones”. Nocs vobt kapotc.

La  cosa se dispara con el sexto fallido intento de torturar ya no solo las formas y los trámites constitucionales sino también algo que va al fondo de la Ciencia del Derecho Constitucional. Y es  que institucionalizar la Asamblea Constituyente de un modo tan peculiar e irreflexivo como el que consta en el último proyecto, despedazaría a futuro el Estado de Derecho, sustituyéndolo por un  Estado de Refundación perpetua del país. Así sería con una Constituyente omnipresente en las sombras, que constantemente, en cualquier momento y sin más que su sola voluntad, podrían plantear en consulta popular ora el Presidente de la República de turno, ora dos tercios del Congreso Nacional, ora “un número de ciudadanos equivalente al uno por ciento de inscritos en el padrón electoral nacional”, como dice el proyecto.

Así sería desde enero del año 2007, según los alegres cálculos declarados por el presidente Alfredo Palacio. Esto da cabida para evocar aquel melancólico y popular pasillo que gime: “cuando tú te hayas ido/ me envolverán las sombras”. Y también para preguntarnos: ¿se habrá dado cuenta el proponente, encargado transitoriamente de dirigirnos, de lo que le están haciendo hacer y decir?   Nocs vobt kapotc.

Es que una Asamblea Constituyente o tiene plenos poderes, no solo legislativos sino de todo orden, o no es propiamente tal. Plenos poderes no solo para reformar sino para revolucionar. Algo que política y jurídicamente puede darse, como se ha dado en la historia con la Revolución Francesa, por ejemplo, pero para establecer un nuevo orden permanente. Nunca para institucionalizar, como cosa normal y corriente, la Asamblea Constituyente permanente,  larvada, que puede surgir con máxima facilidad a cada momento. Entonces ya no se  viviría en un  auténtico Estado de Derecho sino en una especie de Estado de Refundación perpetua, ordinaria  y revolucionaria, que es la máxima inestabilidad, prima hermana de la anarquía, que alguien podría imaginarse.

A lo mejor el intento solo ha sido “para salirse de la pendejada”, según la más conspicua terminología política de estos tiempos. O, a lo peor, no es así, sino que se sigue en la susodicha. ¿Quién lo sabe? ¿Quién lo entiende? Nocs vobt kapotc.