Aunque es demasiado temprano para especulaciones electorales y siempre es peligroso oficiar de adivino, es posible predecir desde ya algunos hechos que ocurrirán a partir del lejano octubre del próximo año. En primer lugar, se puede asegurar que la disputa será milimétrica debido al alto número de candidatos que se lanzarán a la arena. Con solo mirar la televisión se comprueba que en este momento ya están en pleno calentamiento Álvaro Noboa, León Roldós, Jaime Damerval y Rafael Correa. Cuatro es un número alto en sí mismo, pero lo es más cuando se considera que falta más de un año para la primera vuelta. A esa cifra hay que sumar los que ineludiblemente, por instinto de supervivencia, presentarán los partidos que han ocupado el centro del escenario en los últimos 25 años.
Roldosistas, socialcristianos, socialdemócratas e indígenas están prácticamente obligados a hacer presencia. A estos habrá que añadir alguna estrella televisiva y un par de aventurados y sacrificados ciudadanos que quieran jugar al outsider amparados en la perorata antipolítica. Fácilmente la cuenta puede elevarse hasta sobrepasar la docena. Sin preferencias claras, es probable que ninguno pueda alejarse lo suficiente del pelotón como para asegurar el paso a la segunda vuelta.
En segundo lugar, y por esas mismas razones, quienes ocupen los dos primeros puestos seguramente lo harán con votaciones muy bajas. Posiblemente lo lograrán con porcentajes menores a los que tuvieron los triunfadores de la última elección, que entre ambos apenas sumaron poco más de un tercio de los votos. De ser así, se habrá desvirtuado el mecanismo de la doble vuelta, inventado para obtener mayorías claras y contundentes. Pero, más grave aún, tendríamos nuevamente un mandatario que no contaría con apoyo significativo ni siquiera en el punto de partida. Sabido es que los votos que se suman en la segunda no significan nada –o, más bien, expresan la sabia premisa que dice que de los males se debe escoger el menor y por tanto son votos en contra del oponente–, lo que le deja al ganador exclusivamente con lo que obtuvo en la primera vuelta. Habrá que prepararse, entonces, para repetir el ciclo que comienza con un presidente elegido en contra de la voluntad de un ochenta o más por ciento de los votantes.
En tercer lugar, es altamente probable que la fragmentación sea aún más aguda en las elecciones legislativas. Las posibilidades de entrada son más altas gracias a la utilización de la fórmula proporcional y a la apertura indiscriminada para microorganizaciones carentes de cualquier representatividad. Si en las últimas elecciones fueron 18 las listas que obtuvieron puestos en el Congreso, ese número puede aumentar en las próximas. El que se vayan todos puede significar que entren todos, uno por uno, sin organicidad ni coherencia, pero con muchas ganas de hacerle la vida imposible al pobre personaje que se convertirá en el minoritario en minoría. Es especulación, no cabe duda, pero sin reforma política será realidad, como reales han sido los tres últimos gobiernos elegidos y derrocados.






