La presentación de cartas credenciales es también una ocasión de manifestar problemas y esperanzas. El nuevo embajador del Ecuador ante la Santa Sede expuso al papa Benedicto XVI algunos elementos de la realidad ecuatoriana. Las palabras del Papa son una respuesta y son también expresión de esa especial cercanía iniciada en década del setenta, cuando el cardenal José Ratzinger, en cuanto arzobispo de Munich y Freising, dio generosa, callada, respetuosa ayuda a las diversas arquidiócesis, diócesis y vicariatos apostólicos de Ecuador, para servir a los ecuatorianos en educación, salud, vivienda y para renovar estructuras de la Iglesia.
Las palabras de Benedicto XVI no fueron las de un personaje lejano, si un Papa pudiera ser lejano; fueron las de un padre que no señala con el dedo heridas, sino las envuelve con amorosa discreción, para invitarnos a restañar las heridas con la unión, la laboriosidad y la solidaridad y a seguir adelante.
Encontré a una persona que tenía una herida purulenta en su cuello. Sufría menos por la herida en sí misma que porque se hablaba de ella. El Papa sabe que las llagas de nuestro cuerpo económico, social y político no aquejan solo a los ecuatorianos; pero, con especial cariño nos invita a curarlas: Corrupción en sus diversas formas, distancia abismal entre ricos y pobres, masiva emigración.
El Papa nos dice que señalar solo a los otros como culpables, sin reconocer la parte que cada uno tenemos de responsabilidad es, más que la corrupción misma, una causa de nuestro subdesarrollo. Por supuesto, a quienes hemos elegido para servir desde el ejercicio de la autoridad corresponde dar ejemplo y revisar las estructuras sociales, ante todo, liberando la educación de un sindicato que le ha privado de valores humanos. La renovación de estructuras es importante; pero debe ir acompañada y fundamentada por una renovación de mentalidad y de actitudes. Esta renovación requiere tiempo; también por eso hay que comenzarla ya y urge dar a la educación la importancia de política de Estado, para que no dependa solo de pasajeros gobernantes.
El Papa no podía no invitarnos a la solidaridad interna; él sabe que una causa de la estampida de emigrantes se debe a que unos pocos ecuatorianos han sacado del país la riqueza obtenida en él, rehuyendo crear en ella fuentes de trabajo. Los emigrantes deben ser respetados y comprendidos; pero hay también rasgos de egoísmo, fruto de la actual educación, que orienta a valorar a Ecuador solo por lo que puede dar; educación que no ayuda a descubrir la corresponsabilidad, que todos los ecuatorianos tenemos de dar, en proporción de los bienes recibidos, un aporte para su reordenamiento y crecimiento.
Estamos experimentando la globalización; pero no descubrimos con claridad la exigencia que ella nos plantea y que el Papa nos señala: la de la unión de intentos y voluntades, tan lejana, digo yo, a la práctica frecuente de suplantar con la sinrazón de la fuerza la fuerza de la razón y de la institucionalidad.






