¿No le avergüenza a la Cancillería ecuatoriana saber que de las casi 32 mil solicitudes de refugio por parte de colombianos que huyen de la violencia desatada por el Plan Colombia, solo ha aceptado a unas 10 mil, dejando en el limbo social a 20 mil colombianos desamparados?
El proceso de aplicación de refugio se ha convertido en un ejercicio de caprichos de funcionarios que nada saben del drama colombiano y “sortean” las solicitudes de refugio en un perverso acto de azar, y en función de políticas nacionales que se han convertido en barreras para la recepción de ciudadanos perseguidos por el conflicto político. Las sucesivas apelaciones de los rechazados son ratificadas por una burocracia caprichosa e indolente.
Con hipocresía, la Cancillería rechaza como motivo para conceder el refugio, la condición de quien huye víctima de las fumigaciones, cuando con un discurso demagógico habla de impedir las fumigaciones en la frontera norte.
¿No le avergüenza al sistema educativo ecuatoriano el que los colegios y escuelas rechacen a los estudiantes colombianos con el pretexto de que no tienen ciertos papeles que prueben sus niveles de educación, cuando en muchos casos han debido huir sin nada más que la ropa que llevaban encima? Allí están las disposiciones ministeriales que dicen que todos tienen derecho a la educación. Pero en la práctica, prima la exclusión perversa que deja a ciudadanos perseguidos por la violencia política sin derecho a educarse.
¿No le avergüenza al Ministerio de Gobierno tener una Policía dedicada a “cazar” colombianos que la Cancillería ha dejado en el limbo, humillarlos y extorsionarlos en los transportes públicos y en las calles? Los refugiados son tratados como enemigos.
¿Nos les avergüenza a los bancos negar todo trámite en sus ventanillas a los refugiados colombianos, porque no tienen una cédula con los dígitos apropiados para entrar en sus sistemas computarizados?
¿No nos avergüenza a los periódicos y los noticiarios de televisión el dedicarnos a subrayar, con malicia, la presencia de colombianos refugiados en los delitos y los asaltos, con lo que contribuimos cándida e irresponsablemente con el espíritu de discriminación? Nunca un análisis de la dolorosa realidad de los refugiados. Nunca un punto de vista que subraye la solidaridad entre países supuestamente bolivarianos y hermanos. Hablamos, sueltos de huesos y de tinta impresa, de la competencia en los trabajos ejercida por los colombianos y no establecemos la responsabilidad de unas políticas y un compromiso social de crear fuentes de empleo.
¿No le avergüenza a la sociedad ecuatoriana mantener una actitud de sospecha y de exclusión hacia los refugiados, cuando estamos rasgándonos las vestiduras por la discriminación que sufren los ecuatorianos en Estados Unidos o en España?
¿No nos avergüenza negarle vivienda al refugiado colombiano, negarle empleo, negarle salud, negarle educación, negarle amistad?
El refugio se ha convertido en una pesadilla. Los refugiados sin papeles son perseguidos por un Estado atrapado en sus contradicciones. Los refugiados con papeles son vistos como peligrosos terroristas. Y si en nuestra proximidad, algo se pierde, algo se roba, buscamos un colombiano para acusarlo.
Protagonizamos una identidad pobre, mísera, huraña.






