El flamante ministro de Economía, economista Correa, tan pronto fue designado hizo declaraciones algo truculentas para el porvenir de la economía ecuatoriana; proceso de la vida nacional que, como todos sabemos y sentimos, es tan enclenque que necesita más de la dosificación que de la extirpación.
Es posible que el Ministro tenga su criterio adelantado acerca de la dolarización en el Ecuador; que no sea lo favorable que se dijo que sería. Para un ambiente de “muerte lenta” como el que vive el país por causa de cegatones jugadores, no es político aceptar tales afirmaciones cuando la economía ecuatoriana no había digerido la totalidad del proceso de dolarización, que embarcó a la economía y a las finanzas en un proceso traumático.
En economía y también en finanzas nada se debe hacer si no hay conceptos y números que prueben que lo que se pretende hacer puede ser realizado con mejores resultados. ¿Hasta dónde la afirmación de que la dolarización debe ser “des”, podría tener el respaldo de mejores resultados?
Para dolarizar la economía se rompió la Constitución, y algunas leyes y reglamentos, más todo el armazón que el proceso había creado.
Algunos negocios cambiaron de rumbo; los índices de medición, los promedios y hasta ciertos productos perdieron significado y competitividad ante la imposición gubernamental que obligaba al cambio. (No es para un sucinto análisis escribir una larga historia que podría arrancar con la desaparición del Banco Central como contralor de la moneda, el tratamiento de la deuda externa, las tasas de interés como estímulo para usar la liquidez en el desarrollo, hasta esa mina de oro negro creadora de conflictos. Y ahora la persistente devaluación internacional del dólar).
Estamos en el ojo de la tormenta.
¿Qué hacer ahora? Para entender el entorno hay que aceptar que estamos en un mundo económico globalizado, interconectado; que la tecnología de la información en conjunto con el conocimiento fracciona tanto los procesos, que las redes informáticas superan la capacidad mental del ser humano. Lo cual viene a ser igual a decir que nuestras viejas aptitudes y fortalezas tienen que readaptarse. Inclusive los parámetros que miden la eficiencia de los resultados de los ejecutivos de la vieja escuela están cambiando. El esfuerzo administrativo en una economía globalizada, interconectada en redes, demanda una nueva gerencia de empresas.
Entonces resulta que cambiar un signo monetario por otro es solo una medida de coyuntura, o quizás producto de una buena idea profesional escondida. ¿A qué costo socioeconómico?
El Ministro tiene que romper los esquemas de distribución actual de los recursos y buscar equidad en el presupuesto nacional. Se necesita sabiduría orientadora y madurez fiscal. Hay que determinar el futuro con medidas de efecto inmediato que sirvan para el crecimiento a largo plazo. Pero, ¿qué es lo inmediato y qué es lo de largo plazo? Hay que definirlo montado en el chúcaro potro del desarrollo económico nacional. Sería sabio reorientar la distribución del recurso petróleo para reestructurar la gravitación de los impuestos como medida punitiva, a fin de utilizarlos como estímulo para la producción y la inversión.






