La reforma política no puede continuar indefinidamente como una amenaza. Y la concreción de las autonomías, nuevamente proclamada en la marcha de la semana pasada en Guayaquil, es un elemento central de una reforma política. Tal vez de las más profundas e impostergables, en la medida en que existe un pronunciamiento popular que lleva archivado cinco años.

Los partidos políticos no la han concretado luego de que fue votada, lamentablemente en momentos en que el país entraba a la dolarización y se caía el régimen de Jamil Mahuad. El pronunciamiento de las autonomías ese momento llegaba tarde para sustentar una reforma política frente a la crisis.

Hoy se la plantea cuando nos gobierna alguien que, por su historia personal, no va a entender nunca las autonomías. Una de las fuerzas más convencidas de su misión centralista es la fuerza militar. Allí no se acepta otra forma que el mando vertical sin espacio para los desacuerdos. El resto es traición, disidencia o intentos separatistas.

El planteamiento llega también cuando el país encarna una crisis política propicia para un cambio profundo.

Las autonomías, pienso personalmente, tampoco llegan por efecto de la acumulación de descentralización. Si no se modifica de raíz la relación de las comunidades con el aparato estatal, el discurso de las autonomías va a diluirse en la tortuosa negociación de unas competencias marginales: bomberos, alcantarillado, turismo, medio ambiente. Las autonomías constituyen otra relación política, otras esfera de la representación y de la participación políticas. El centralismo es una fuerza centrífuga que afecta a todos los niveles de comportamiento.

El alcalde Jaime Nebot ha anunciado que comenzará exigiendo las competencias de bomberos y alcantarillado. Difícilmente la acumulación de competencias va a transformarse en una relación política fundada en la autonomía.

Se trata, para Nebot, de liderar un profundo cambio político. Y al parecer, él no quiere ser el protagonista de ese cambio, o quiere serlo desde una función de alcalde en la que no puede aspirar sino a una transferencia de competencias. El Nebot de estos últimos días ya no parece ser el que lideró la “Marcha Blanca”. Prefiere quedarse a nivel de la gestión municipal, de los bomberos y el alcantarillado y un poco más allá. Mientras tanto, los dos partidos políticos que pueden hacer frente a una alianza populista profundamente centralista, en las próximas elecciones, no tienen líderes.

Tanto el socialcristianismo como la Izquierda Democrática, son este momento aparatos que no van más allá de la gestión burocrática de la política. Y no estoy hablando solamente de tener o no un candidato presidencial para el año 2006. Se trata del liderazgo, de una energía que los rescate del círculo vicioso de una gestión parlamentaria intrascendente.

Hay más de un sector del país que puede identificarse con las autonomías. El propio movimiento indígena ya planteó hace más de una década los parlamentos indígenas. No estamos frente a algo extraño, pero sí a un tema que va teniendo todas las lecturas, desde la simple descentralización a la formación de una república independiente, pero que no es concebida como una reforma política que surgirá de una lucha política en la que los partidos juegan un papel estelar.