Miraba despreocupadamente la televisión, cuando apareció en la pantalla algo no esperado: un hombre joven, totalmente desnudo, caminando por una de las calles de Guayaquil. “En día claro y con sol”, como decía mi padre.
El camarógrafo –que aprovechaba la primicia– tuvo un gesto que bien puede llamarse solidario: realizó las tomas de la espalda del hombre solamente. O al editarlas cortó las que pudieran resultar irrespetuosas o sicalípticas.

Las imágenes rescatadas fueron, así, un testimonio de la era del desprecio. Un hombre de casi media vida, marchando con la fuerza de su edad, llamado por la prisa inexplicable de quien va a ninguna parte. Seguro que tenía desconectado su cerebro de todo lo que llamamos la razón.

Mientras hablaba el locutor en off, alcanzábanse a distinguir algunas frases  posiblemente de transeúntes: “¿Dónde hay alguien que le dé un pantalón y una camisa?...”. “Señor policía, llévelo al Lorenzo Ponce”.
“¡Santo Dios..!”.

Un policía llevando en sus manos una camiseta apareció a un costado de la pantalla. Sigilosamente se acercó al desnudo y puso sobre su hombro derecho la prenda de vestir. Pero el joven siguió caminando como si nada hubiese sucedido. O como si una mariposa invisible se hubiera posado sobre su hombro.

Fue casi un drama silencioso. A modo de una muestra de televisión en la que se escuchaban o intuían murmullos de transeúntes apenados por el suceso. Mientras tanto, volaban en zumbidos, cual una necia abeja, las preguntas de los involuntarios espectadores. ¿Qué sucede a este hombre? ¿Cuál ha sido el detonante que lo ha separado de la realidad y de las convenciones sociales? Este botellero, por su parte, barajaba unas cuantas posibilidades de factores que contribuyeron a disociar al sujeto y a cambiar para él la noche en día, lo blanco en negro, la soledad en compañía, la esperanza en adioses, la familia en extraños y las convenciones sociales en códigos indescifrables.

Puede hacerse muchas lecturas de este drama. Una es que el episodio trasciende los límites de la familia, del enfermo o del hospital donde se asila. Calza aquí muy bien el título de una vieja película Todos somos asesinos. Una sociedad cuyas manos heladas pertenecen al tercer mundo no es propicia para promover la salud mental de sus miembros.

Para otras lecturas de este guión pienso que debe ponerse siempre en primer lugar el desamor que está presente en casi todas las acciones humanas. Sin disfrutar las ventajas que ofrece el primer mundo, hacemos nuestra cada día la indiferencia por el dolor ajeno y agredimos abiertamente al más débil.

Otro elemento que contribuye a desquiciar al hombre multitud y a abrirle falsas puertas de escape de su realidad es la falta de empleo en que naufragan cientos de miles de ecuatorianos. Sin trabajo ni ejercicio normal de la cuchara, ¿de qué derechos humanos podemos hablar? ¿Del derecho a la soledad y a caminar desnudos por las calles?