La creación artística de Luis Beltrán cruza las cuatro décadas. Las inicia con sus creaciones al estudiar en la Escuela de Bellas Artes de esta ciudad.

El impecable trabajo pictórico del maestro ha gozado del reconocimiento de entendidos de aquí y del extranjero. Y, sobre todo, del público al cual se debe un artista como este que indaga en una realidad esquiva para otros: la mágica, la de elementos naturales bastante misteriosos a pesar de su presencia cotidiana.

En este sentido, es consagratoria la interpretación que en su homenaje ha hecho Elizabeth Roldós de Pólit. Conceptos claros, severos, precisos.

La intérprete llama la atención sobre las soluciones que Beltrán da a las propuestas desafiantes del movimiento. Están en las series correspondientes a mujeres que danzan, aves, agitación del mar y faenas de pesca.

Siempre es un evocador de la naturaleza. Porque el artista, como con rúbrica personal, es “intérprete de un nuevo lenguaje pictórico con inmensa variedad de expresiones, sensible a los valores de la línea y de color. El espectador, al volverse parte de las obras, descubre en cada detalle una figura, una forma, un paisaje”.

Hasta en los desnudos, que detienen el instante cuando hacen armonía la belleza, la luz y la eclosión carnal, se presenta la ondulación rítmica. El artista la descubre en los cabellos, en la presencia de algún velo que besa el cuerpo florecido. O en la libertad armónica de los miembros corporales.

La culminación de esas soluciones plásticas alcanzan las ballerinas, los motivos del mar y sus faenas, los rincones naturales que triunfan con el azul y el verde sin descuidos para el rojo que es la pasión vital.

Ahora el mundo de Beltrán amplía sus descubrimientos por sectores costeños casi perdidos, como recortados con sus ceibos enfáticos, sobre soledades y silencios.

La parte mágica de su pincel innovador está en sorpresivas presencias, casi veladas, de animales en trance mitológico.

En Los que vienen del mar como en sus pueblos costeños, es milagro visual la comunión lograda por la naturaleza entre los heroísmos de la gente leal a su esencia y los prodigios que la vida simple regala a sus criaturas. Ellas están ahí severas, silenciosas, vigilantes, con enorme capacidad de sugestión.

Sin que podamos definir el lirismo en el arte visual, las entregas de Luis Beltrán alcanzan las mejores definiciones sin palabras. Con dotes líricos descubre poéticos significados para la expresión artística. Es una aventura jubilosa, rejuvenecedora, tanto para un creador de esta clase como para quien se detiene ante sus óleos.