Los caminos que llevan o traen de Emaús son los eternos del renunciamiento, los ensueños, la esperanza y la vida. Por encima de la muerte, sobre el odio de Caín o de Judas. Aunque estos también serán hermanos susceptibles de comprensión cuando nos inspire la justicia.
Lo captamos en un gran mural de palabras austeras en narrativa y camino profundo al interior del ser, que se define en el libro que mereció la máxima distinción del IV Concurso Nacional de Literatura de 1999.
Lo hace conocer Letras del Ecuador de la Casa de la Cultura del Guayas. Sus páginas invitan al hombre actual a regresar a un espejo que parecía menospreciado o hurtado, porque no hay caos más poderoso que la guerra y sus absurdos, frente a la ternura, el reclamo de vivir y la solidaridad de la especie humana.
La literatura, con sus sugestiones, así lo hace comprender. Pero siempre y cuando, como en este caso, la palabra se haya trabajado en la fluidez natural de una vocación que revela su magnitud excepcional. Y hace notar, por contraste, la mezquindad que diminuta injusticia, en algún pretérito de prueba, quiso enseñar cómo las omisiones irresponsables son moneda corriente al elaborar listas de valores.
Igual víctima momentánea fue José Martínez Queirolo. Por eso, entre otros motivos, estamos en la obligación de identificar, demostrar y preservar los méritos de la literatura regional.
Y nuestra región es la cálida, en parte selvática, ardiente y dolorosa que ha sido el escenario de las agresiones causantes de nuestra natural y valiente defensa. La misma región a que nos lleva este libro.
La región a la que pertenece Hans Behr Martínez. Comprende a la perfección a su gente en su avidez de vida y amoroso apego a las sencillas y trascendentes tareas del amor y las lealtades del corazón sin antifaces. Ni cobardías.
Sea en la guerra o en la paz, el hombre en su paralela búsqueda de luz y confraternidad, empeña sus voluntades y ensueños para que el espíritu se mantenga en el sitio que le corresponde.
Pasando por las tempestades del miedo, de las preguntas que nadie responde o que nadie quiere escuchar, la narrativa como esta que es sapiente y magistral, dibuja la grandeza humana. Lo hace con una libertad que se convierte en precisión. Porque cada letra, cada trazo del dibujo verbal, cada perfil que ofrece, tiene la palpitación cálida de los incendios humanos, veraces y todavía calcinantes.
Hasta que el hombre se conozca mejor. Hasta que llegue a la vertiente de luz que le permita verse como es y divisar sus posibilidades de vida y amor, esta narrativa arrancada de latitudes interiores será sumamente necesaria. A pesar de la bizarra condición humana tan contradictoria.
Con este libro percibimos entonada la calidad de la narrativa actual en este lado sudamericano. Estos senderos, con sello ecuatoriano, lo hacen con miras a un Emaús que es señalado por uno de los estilos más cautivantes y convincentes, propio de la narrativa que bastante se ha esperado y reclamado para la literatura ecuatoriana.
Al fin está con nosotros. Y partió de nosotros.






