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En Ecuador hay tributos a las almas olvidadas y los difuntos

El tiempo transforma las costumbres de celebrar fiestas y días de guardar. Así en Recogiendo mis pasos, Carlos Saona describe cómo se celebraba el Día de los Difuntos. “El 1 de noviembre era fiesta de guardar, así para civiles como para eclesiásticos. Los que tenían deudos en ultratumba formaban ese día algunos ramilletes y acudían al cementerio a adornar sus bóvedas”.

Pero también ese día en los pueblos de la actual provincia de Santa Elena era de “los muertos chiquitos”, o sea niños –angelitos–, que portando bolsos de tela o fundas de papel visitaban las casas de sus vecinos que les obsequiaban dulces y golosinas a los pequeños que pronunciaban el estribillo: “Ángeles somos/ del cielo venimos/ pan pedimos”.

Día de almas olvidadas
Pero en Guayaquil, desde años atrás, cada 31 de octubre, en lo alto del cementerio se celebra una misteriosa misa en memoria de las almas olvidadas o del purgatorio.

La ceremonia comienza a las 09:00 del día de brujas y asiste la misma gente que los lunes visita la Urna de las Almas Olvidadas y otras tumbas, tras milagros, creencias populares y hechicerías.

A la sombra de un almendro está la Urna de las Almas Olvidadas. Pintada de blanco y colmada de ramos de flores y velas encendidas. Rodeada por mujeres y hombres de toda edad y calaña. Una placa antigua deja leer: “Urna levantada para consagrar la memoria de los fallecidos olvidados y en nombre de ellos se celebrará una Santa Misa el día 31 de octubre de todos los años a las 9 de la mañana, se invita al público para esa fecha”.

La urna alberga un cráneo, iluminado por un sinnúmero de velas. Una pequeña puerta de malla metálica protege su interior. Los creyentes introducen por ahí sus escritos solicitando favores y milagros.

Hace un par de años, cuando asistí, la ceremonia no estuvo a cargo de un sacerdote, ni era una santa misa. Una mujer arrodillada ante la Urna de las Almas Olvidadas oficiaba el acto. Leía una larguísima y cansina letanía. Después de cada una de sus frases, los feligreses, en su mayoría mujeres, respondían: “Por las almas benditas del purgatorio”.

La urna lucía recién pintada de blanco y adornada con flores, cruces, cuadros de santos e imágenes como el Señor de la Justicia, las Almas Benditas del Purgatorio, san Judas Tadeo, etc. Además, velas encendidas de diversos tamaños y colores. Tampoco estaban ausentes rostros patibularios. Yo logré tomar fotos porque aduje que eran para enviárselas a un hermano preso en España.

Después de una hora de rezos, terminó la ceremonia religiosa y algunas personas, que creían que las almas olvidadas les habían hecho el milagro, en señal de agradecimiento, repartían tarjetas de recuerdo (con imágenes del Divino Niño, el Hermano Gregorio y Narcisa), también vasos con cola, panes y platos con porciones de torta de cumpleaños. Apenas terminó la misa, un pintor escribió sobre la urna: “31 de octubre. Recuerdo a las Almas del Purgatorio. 9 A.M.”.

La mesa del muerto
El historiador José Villón Torres en su libro Tradiciones, costumbres y creencias de mi pueblo Chanduy, con tristeza e indignación comenta que esa costumbre se ha perdido casi totalmente, porque en la actualidad los niños se disfrazan de monstruos pero celebrando el día de brujas o Halloween, una fiesta que no es nuestra.

Villón refiere que el 2 de noviembre es el “día de los muertos grandes”. Es cuando ciertas familias todavía preparan la llamada mesa del muerto con los manjares preferidos del finado. Algunas colocan ese banquete en el comedor y en el centro de la mesa encienden una vela. Otros colocan los potajes sobre la cama del difunto, que está protegida por un mosquitero. Se cree que los difuntos llegan a degustar la esencia de dicho banquete, pues este quedaba materialmente intacto.

El tradicional menú para los difuntos de esos pueblos a orillas del mar está constituido por bocados criollos: caldo de gallina criolla, seco de chivo y de pollo, rallado de verde o masihao de lisa. No pueden estar ausentes el pescado asado o frito, los ceviches de camarón, langosta o michuyo, tampoco el infaltable arroz blanco o colorado con menestra, carne asada y patacones. Y bebidas calientes: café y chocolate. Vasos con la gaseosa preferida del finado o una botella de cerveza o trago fuerte. Obviamente están prestas golosinas como colada morada, dulces variados, roscas y guagua de pan.

“Tantos alimentos que se exponen en aquella mesa, que van a satisfacer primero al difunto y luego a los vivos que llegan a servirse la sobrita de los muertos a nombre de ángeles somos, del cielo venimos, pan pedimos”, expresa Villón. (I)

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