La zona rosa intenta otra vez recobrar movimiento
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El agua nos llegaba hasta la cintura y estaba tan oscuro, y el agua tan sucia, que no veíamos dónde pisábamos. Nos aferrábamos al brazo de la primera persona que encontrábamos.
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Hay quienes prefieren dejar su vehículo en casa para llegar al centro. Eligen la Metrovía, buses o taxis para hacer sus compras o trámites y evitar así las dos, tres o más vueltas que deben hacer para encontrar un parqueo público.
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Cuando entro al barrio me siento libre y segura. Los vecinos caminan por las calles con o sin mascotas, las veredas son estrechas, en general bien mantenidas, con hermosas baldosas, limpias, adornadas hasta con macetas, pero no se camina por ellas, la calle es el lugar del encuentro, del saludo y de las contorsiones para esquivar vehículos y que ellos nos esquiven.
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Del Guayaquil posmoderno que viví, de ese entorno lento, de profundas divisiones sociales pero donde se convivía en paz, trabajaba al 70%, pero se ganaba al 500%, donde las cosas en general eran fáciles y sobreabundaban, donde se tomaba con calma todo y se hacía siesta, donde el verbo respetar todavía se conjugaba y cada quien guardaba su puesto.
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