Seguramente el lector conoce la revista que Benjamín Carrión fundó en 1945, Letras del Ecuador. Hace relativamente poco tiempo ha vuelto a circular en un formato amplio, en papel de calidad y con la pretensión de ser el espacio crítico y creativo que tuvo en su momento. En la página de créditos, como un anuncio de la libertad que ofrece a quienes escriben en ella, hay una nota que señala: “Los autores responden de las ideas expresadas con su firma”. Además de esto, el editorial del número 202 de julio de 2015 señala: “Ninguna interferencia desde el poder puede pretenderse o concebirse en un ámbito tan complejo como el de la cultura”. Con estos antecedentes, cómo me iba a negar a la invitación que me hicieron desde la revista para colaborar. Más todavía si se trataba de un tema del que me he ocupado en varios artículos por la peculiaridad que tiene en Ecuador, el de la situación editorial. Eso fue lo que me pidieron y que abriría el número como artículo de portada. Y eso fue lo que entregué y titulé: “El laberinto del libro ecuatoriano”.
Pero pasaron las semanas, la revista no salía y mis primeras sospechas empezaron a tomar cuerpo. A fin de cuentas Letras del Ecuador es una de las revistas gestionadas por la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Ingenuo de mí si pretendía creer que, tal como se ha demostrado en los últimos años en las entidades culturales vinculadas al gobierno de Rafael Correa, habría un margen de crítica constructiva, en el mejor sentido del término. Pero la revista prometía eso, y quienes me invitaron así lo señalaron, y quizá ellos también pecaron de ingenuos creyendo que por ofrecerme un espacio en la revista yo haría algo contemporizador con vaya a saber qué idea de la cultura. Es decir, ¿esperaban comentarios inocuos o enrevesados, llenos de un oscurantismo teórico que solo pretende servirse a sí mismo, atribuyéndose el control sectario de la clave interpretativa, o alguna banalidad curiosa en los márgenes de la erudición decorativa, o un merodear alrededor de un centro sin lanzarse de cabeza en él?
Si eso es lo que espera una revista cultural, mal asunto para ella. Durante un par de años fui jefe de redacción de la revista Lateral en Barcelona, un espacio estimulante donde se revelaron muchos novelistas y poetas de España y Latinoamérica, y de ámbitos culturales muy diversos. Tenía sus antipatías –era implacable con todo lo relacionado a ETA– y sus simpatías: Israel. Con el tiempo fue inevitable descubrir que las simpatías por Israel marginaban visiones como la de Palestina y el mundo árabe, y a partir de ese momento tuve que aceptar que debía distanciarme de ella. Pero Lateral se la jugaba siempre en sus posturas y no tenía miedo en llamar las cosas por su nombre. Tratar de la literatura más exquisita no quita que en ciertos momentos se pueda –y se deba– discutir cuestiones que están alrededor de ella, que la vinculan y, a veces, la condicionan o liberan. Para eso están las revistas culturales: por una parte la obra literaria puede tomar todos los caminos, desde el distanciamiento de la política hasta la sutil imbricación con ella –dejando siempre al lado la demagogia temática– porque, para la otra parte, está la revista literaria, que le permite al escritor, como intelectual y ciudadano, discutir los temas de cultura o política que no caben en el tratamiento estético, siempre más distanciado y pausado. Un medio literario sano y dinámico debe permitir ambas puertas de discusión.
Lo relevante es evidenciar la conducta, la carencia de ética de una cultura literaria servil que todavía no tiene el suficiente vigor y honradez para ganar el espacio que reclama y dice difundir.
Finalmente me llegó un comunicado de Letras del Ecuador diciendo que no publicarían mi artículo. ¿El argumento de la censura? Un párrafo donde se menciona al presidente de la República. Mi artículo trataba sobre la situación editorial y los distintos actores que están teniendo injerencia en ella, desde librerías a la Cámara Ecuatoriana del Libro y la falta de una política de apoyo real por parte del Estado. Pero nada de eso se argumentó para la censura de mi artículo, sino exclusivamente donde se menciona al presidente. El párrafo es el siguiente:
“El peor de los casos es el que llevó a cabo el mismo presidente del Ecuador, Rafael Correa, presentando en varias ferias del libro internacionales su propio libro –Ecuador: De Banana Republic a la No República– aprovechando que Ecuador era el país invitado. Una sola presentación habría bastado, la del año de su lanzamiento, pero no en tantas feria y en varios años. Hay que decirlo con todas sus palabras: falta de vergüenza. Y lo es más todavía porque ni siquiera se recurrió a una editorial nacional para publicar su libro, sino a un sello internacional.”
Me pidieron eliminarlo. No lo hice. ¿Qué se temía en Letras del Ecuador por estas líneas? ¿Que el presidente alce la ceja –en realidad, más que alzar la ceja es procaz– a los intelectuales y les pregunte si para eso es que quieren presupuesto, para que se critique a la “majestad presidencial”? Pues sí. Para eso es el presupuesto en una revista, para ejercer la crítica y señalar la conducta manipuladora de la cultura desde los funcionarios –aunque sea el presidente, y por eso mismo con más razón–, en franca contradicción con lo que promueven (demagogia, le dicen). Y en parte por eso mismo no salimos del laberinto editorial en Ecuador.
Lo importante no es el artículo censurado. Lo relevante es evidenciar la conducta, la carencia de ética de una cultura literaria servil que todavía no tiene el suficiente vigor y honradez para ganar el espacio que reclama y dice difundir. Esas son las letras de un cierto Ecuador: murmullos, largos pasillos, convenientes sometimientos que advirtió Milosz con la pregunta fundamental que él se hizo en El pensamiento cautivo: “¿por qué, aun alejado de la ortodoxia política, consentí en formar parte del aparato administrativo y de propaganda?”. Lo lamento por la Casa de la Cultura: si las necesidades de presupuesto llevan a hincar la rodilla, mejor apaga la luz y vámonos. (O)










