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Ni en la Asamblea ni en la TV

La realidad del ser humano se desenvuelve en dos escenarios: lo individual y lo colectivo, o público. Contemporáneamente los medios de comunicación son el espacio de debate de todo lo que concierne al interés público. ¿Pero cómo llegaron a ser los escenarios de tan trascendental rol social?

Félix Ortega, autor de la obra La política mediatizada, hace un repaso del surgimiento del espacio público y su importancia en el convivir social: desde la época tribal, cuando lo privado estaba rodeado de una ritualidad que revestía de público el interés del hombre primigenio. Así, mediante el rito, la música, los tambores, lo individual se convierte en supraindividual.

El objetivo de esta ritualidad –superar lo individual y privado– luego se radica en el ágora, espacio físico donde los griegos discutían todo lo concerniente al interés público que no era más que la plenaria de lo consensuado en el eikos, en el hogar, en el ámbito de lo privado.

Ese espacio público de debate atraviesa varios estadios asumiendo nombres, roles, fundamentos: el foro romano; la plaza, expresión urbanística de las ciudades medievales; la política, mesa de discusión de lo público en la modernidad; hasta que el desarrollo industrial creó un espacio de amplificación y masificación denominado los mass media.

Es, desde entonces, que lo público, el interés público se mediatiza hasta las dos últimas décadas en las que un nuevo actor empieza a apropiarse de este ámbito: las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las redes sociales.

Con ese rol en manos de los medios se entiende que todo lo que concierne al debate público atravesará también por sus intereses, expectativas, agendas, y con época electoral de por medio lo podemos ejemplificar mejor. Hace un poco más de una semana una noticia se viralizaba en redes como una muestra de la agenda mediática del debate de lo público: “El Paparazzi se casa por tercera ocasión”.

Respiro profundo y trato de entender lo trascendental de la “noticia”. No. No hay una razón lógica –más que comercial– para que la agenda de lo público esté marcada por lo que le ocurre a un pobre y autodenominado segmento de “talentos de televisión”.

Hoy, que se han colado a las papeletas electorales validados indirectamente por la agenda pública de los medios, los traicionamos y nos rasgamos las vestiduras proponiendo profundos ensayos de 140 caracteres para descalificar a ciertos candidatos: una piedra, un payaso, una cantante, otra locutora, unos periodistas.

¿Y si en lugar de indignarnos de que quieran ir a la Asamblea –tienen el derecho constitucional de postular, dicen– cuestionamos el que estén todos los días a todas horas metidos en las habitaciones de nuestros hijos, pauperizando con sus pobres referentes el ámbito de lo público a través de la caja boba?

El problema es mayor porque esas listas de candidatos son el espejo en el que se refleja cada región de esta patria. La comodidad de ciertos líderes, y sus asesores marketineros, nos están llevando a niveles inferiores de discusión política. Sí, pero igual de preocupante es que los toleremos en televisión: fama efímera, pan y circo.

Ojalá la discusión de este tema no se agote o entre en pausa hasta las próximas elecciones, mientras seguimos a la expectativa de los matrimonios de don Paparazzi, los triunfos de la Piedra o los devaneos del resto. (O)

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