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El maniqueísmo y la opinión pública

Al cerrarse las inscripciones de los candidatos presidenciales y parlamentarios, se abrió una nueva etapa en la campaña electoral. Los ecuatorianos ya conocemos a qué atenernos. O, al menos, lo pretendemos. Las ofertas y demandas electorales configuran a la plataforma en la que fluyen los factores de la decisión electoral. Las demandas de la sociedad son presentadas de diferentes maneras, esencialmente dispersas. Y también las ofertas de los aparatos políticos, que pretenden agregarlas. En elecciones, la oferta y la demanda políticas se presentan de modo distorsionado, rodeadas de las narraciones comunicacionales –medios, discursos, propaganda– que se propalan en la sociedad. Y ordenadas desde diferentes ópticas de flexibilidad ideológica y emocional. Así se estructura la escena electoral, en la que se representan los conflictos del fondo de la sociedad.

Dicho aquello, bien cabe preguntarnos, ¿qué presentan los candidatos? Y ¿qué pretenden representar los candidatos? La propaganda suele ofrecernos una solución fácil. Los candidatos, o más bien algunos de ellos, pretenden adecuarse a la demanda social tal y como ella se ha configurado. Un segmento de aquella oferta electoral pretende responder a los diversos sentidos comunes populares, como mesías o pretensiones de serlo; bondadosos o facilidades para parecerlo. Y para la representación, tratan de vincular a la demanda social, gelatinosa y de sentido común, con una construcción política. Es decir, con una versión del conflicto político, que represente a la demanda social gelatinosa.

Veamos la última década de nuestro país. Mirada desde el Gobierno, la respuesta acerca de qué y cómo representar, es que los otros, la oposición representa el pasado y su deseo de volver al poder. Mirada desde la oposición, la respuesta es que el Gobierno representa a la continuidad y su deseo de perpetuarse en el poder. Pues sí. Los dos tienen, en principio, sus razones, su dosis de razón. La naturaleza del proceso competitivo es aspirar al poder. El poder no es malo, cuando se refiere a asignación de recursos económicos o políticos. Lo tenga el gobierno o lo tenga la oposición, una coalición de gobierno o una coalición de oposición. La cuestión es para qué se ejerce el poder. Y desde dónde se lo ejerce.

La respuesta gubernamental se vuelve peregrina al sostener que cuando tengo el poder represento a los buenos y cuando no lo tengo es porque aquel representa a los malos. El poder es bueno si lo ejerzo yo, portador de la ética y de la bondad; y, el poder es malo si lo ejercen los otros, portadores del pasado y la maldad. Desde este maniqueísmo básico, no podremos diferenciar, ni acordar. Peor aún decidir. Una falsa ética rodea a la política y justifica su accionar. La eliminación estable del otro. Además éticamente justificada.

El maniqueísmo –reducción de la realidad a una disyuntiva entre lo bueno y lo malo– es una formulación muy útil para evitar que las partes interactúen entre ellas. Sirve para construir por exclusión de los otros. Como en esta década. Se configuró una forma de bienestar asociada al gasto y el consumo, mientras que la sobriedad y responsabilidad fueron asociadas con maldad.

La gobernanza basada en el maniqueísmo ha dividido a los ecuatorianos entre las bases sociales de una orden religiosa de buenos acechados por los malos. Los buenos que quieren el bienestar de todos y los malos que buscan su bienestar, el de pocos. Los buenos con derecho al gobierno y los malos que deben ser excluidos del ámbito público. Para siempre. Porque mienten y engañan, siendo que la verdad está en los enlaces ciudadanos. En el monopolio de la comunicación pública. Lo público es propiedad privada de los buenos. Los privados tienen sobre sí la vindicta pública de los buenos.

Hasta aquí, la primera premisa del escenario electoral: la división maniquea entre buenos y malos, entre seguidores de la orden de la ética versus los contraventores de la verdad. La segunda premisa electoral, no hay que buscar o construir una forma alternativa de representación, sino hay que obedecer o someterse al establecimiento, al orden dictado desde el Estado. La sociedad, los privados, los malos, no tienen derecho a la representación.

El Estado es la representación del bien. La mejor forma de suprimir el derecho a la representación consistió en reproducir ad infinitum la exclusión de los partidos y de las organizaciones sociales. De vedarles el ingreso al mundo público. De prolongar su crisis política. Y hoy, para prolongar la crisis de representación, qué mejor manera que reducir la política a sus manifestaciones menores. Y qué mejor ocasión que las elecciones de parlamentarios, colgados de las elecciones presidenciales.

No toda la calidad de la política está en la calidad de los cuadros que la hacen. No toda, pero cuánto pesa. Los cuadros políticos pueden ser los portadores más eficaces de las formas nuevas o viejas, democráticas o autoritarias, progresistas o retrógradas, de hacer política. La baja calidad de los cuadros de la política está asociada con la crisis de la representación tradicional y la forma como el sentido común se presenta ante la política.

Las relaciones sociales y las formas de la política estuvieron orgánicamente asociadas en los inicios de la modernidad. Los grandes partidos políticos representaban a los grandes agrupamientos sociales. Existieron partidos políticos de los obreros urbano-industriales como de los campesinos, de las burguesías emergentes y de los terratenientes. La política moderna se configuraba como la expresión orgánica de la economía. Luego, los partidos, en tanto forma de agregación de los intereses sociales, fueron expresiones de grandes coaliciones sociales.

La naturaleza del proceso competitivo es aspirar al poder. El poder no es malo, cuando se refiere a asignación de recursos económicos o políticos. Lo tenga el gobierno o lo tenga la oposición, una coalición de gobierno o una coalición de oposición. La cuestión es para qué se ejerce el poder. Y desde dónde se lo ejerce.

Sin embargo, la configuración posmoderna de la opinión pública mediante redes modifica a los procesos electorales en los que se produce la representación. La formación de la opinión pública no sigue una ruta lineal de agrupación a base de ideologías, propuestas de gobierno y decisiones de política pública. Se acortaron los caminos de conformación de la opinión pública mediante la generalización del consumo de medios de comunicación y del ataque (y la manipulación) sobre los sentimientos de los individuos. La opinión pública se conformó, entonces, de modo más fácil e inmediato en los corrillos del sentido común transmitido por los medios y moldeado por las distintas redes. Y más aún ahora por las redes sociales.

La calidad de los cuadros parlamentarios está íntimamente correlacionada con la nueva configuración de la política, hija de las redes, no solo de las redes sociales virtuales. Los cuadros que entran a la competencia parlamentaria son la descendencia de la política mediática y de la configuración de la política como percepciones antes que como expresiones orgánicas de las relaciones sociales.

Si antes aspirábamos a que la democracia y la estabilidad democrática surgiesen de la relación orgánica y estable entre la sociedad civil y la sociedad política, es decir, que las relaciones sociales se expresasen mediante distintas formas de agregación política, hoy nos queda muy poco que esperar en ese sentido. El mayor mal ha sido el surgimiento de mediadores populistas, que no solo han destruido a las instituciones, sino que se han introducido como intermediadores necesarios del sentido común.

Estos engendros no son productos de la transición de la sociedad hacia la modernidad, como lo fue Perón en Argentina, sino que también son productos del fracaso de una vía a la modernización, como lo ha sido Correa en Ecuador.

La sociedad ecuatoriana nos guarde de estos engendros que configuran a la opinión pública como un ejercicio maniqueo. (O)

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