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Trump y la ética protestante

La definición del título de esta columna significó, así como su texto íntegro, un proceso de selección de ideas con el fin de producir un documento coherente que permita transmitir una parte del cúmulo de impresiones y reacciones que las elecciones presidenciales en Estados Unidos de América provocaron en quien suscribe este artículo. Cuando analicé el dato de The New York Times de que el 58% de la población “blanca y envejecida” de ese país votó por Donald Trump, inmediatamente asimilé a ese segmento poblacional con aquel que fue analizado en el célebre libro del sociólogo alemán Max Weber, Ética protestante y espíritu del capitalismo, para explicar su importancia mundial como sistema dominante.

El autor sostiene que la práctica de las virtudes destacadas por el protestantismo norteamericano, como el trabajo duro y la frugalidad, es considerada como una muestra de la predestinación de esos individuos y colectividades como elegidos a obtener la realización económica y la felicidad. Esta aproximación al éxito capitalista es atractiva para muchos. Si analizamos la trayectoria personal del señor Trump, así como sus criterios expuestos en la campaña electoral y sus probables futuras acciones a la luz de estas virtudes básicas, no las encontramos. Por el contrario, sus actitudes le ubican en las antípodas de la frugalidad y el recato en el manejo económico. Basta escucharle para saber que está dominado por la soberbia y la prepotencia por razones que también las ha manifestado y que tienen que ver con fuertes rasgos de xenofobia y otras formas de exclusión a quienes él considera inferiores por una serie de razones absolutamente contrarias a la amplia dogmática religiosa profesada por los protestantes que votaron por él.

Si es así, ¿cómo explicar que esos ciudadanos hayan elegido a una persona que contradice flagrantemente sus virtudes fundacionales? Tal vez, porque esos referentes espirituales en ellos como en los otros, nosotros, funcionan como anclajes necesarios para salir adelante, pero cuando el éxito llega y el poder nos envuelve, esas virtudes dejan de ser útiles. El voto protestante por el señor Trump nos lleva a cuestionarnos sobre el significado de la virtud en la precariedad y en el éxito. Los logros materiales de Trump en su vida profesional han sido, en la práctica, mucho más seductores que el discurso moral esgrimido por quienes lo utilizan hasta tanto puedan desprenderse de ellos, claro, obnubilados por la riqueza y el poder.

Virtudes católicas como humildad, paciencia, templanza, temperancia y caridad, que se encuentran en nuestro propio discurso moral, ¿hasta qué punto son realmente practicadas por nosotros? Tal vez, el candidato vencedor ganó porque representa una de las poderosas esencias negativas de la condición humana que exacerba la individualidad y el menosprecio de los otros que, obviamente, también nos define a nosotros. Si esto no es así, expliquemos la prepotencia ecuatoriana en temas políticos, regionales, raciales, económicos, intelectuales y otros. En nuestra psique se encuentran esencias de una humanidad autodestructiva, dramáticamente representada por el presidente estadounidense recientemente electo. Es un grave error moral ver esas conductas solamente en él y en los otros, cuando en realidad también nos definen a nosotros. (O)

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