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Trump, el brexit y el No en Colombia

Tanto en editoriales y columnas de medios tradicionales, como en las redes sociales, se ha hecho un solo atado de estas tres decisiones de sus respectivos pueblos, que habrían causado que este año 2016 sea el más nefasto desde el bombardeo atómico de Japón o cosas similares. Estas visiones apocalípticas ponen en evidencia hasta dónde les llega lo “demócrata” a quienes pretenden imponer al mundo un modelo de sociedad inventado en los escritorios de académicos bien pensantes en Europa y Nueva Inglaterra. Las elecciones y los plebiscitos están muy bien para ellos, siempre que los resultados coincidan con sus ideas.

En realidad los tres procesos que titulan esta nota son diferentes. Su principal denominador es que no pueden ser comprendidos por la intelligentsia europea y neoinglesa, con sus acólitos de todos los continentes. La base de la victoria de Trump es que los blancos siguen siendo mayoría en Estados Unidos. Era más “progre” apostar por una alianza de minorías, pero eso tenía un límite y lo encontró. De forma gruesa digamos que los triunfos del brexit y Trump fueron impulsados por el sentimiento de sociedades blancas que se tienen miedo de amenazas de otros colores, a las que un Estado costoso de mantener, manejado por bien pagados políticos y cientistas, es incapaz de detener. Obreros y empresarios coinciden para oponerse a esas élites que no los representan y a las que consideran parásitas. Tras esto hay un componente racista importante y que puede llegar a serlo más, porque ese calificativo no asusta a quienes votaron por esas opciones. Y seguro que en otros países se darán fenómenos análogos.

El No en Colombia fue un ejercicio de sensatez de un pueblo que rechazó humillarse a pagar por las vagas promesas de rehabilitación de una mafia. Desde una postura eurocentrista soberbia y peligrosa, los académicos y burócratas de la intelligentsia occidental siempre encontrarán que dictadores y terroristas del Tercer Mundo tienen razón para la represión y la violencia. Consideran que estos países atrasados son gobernados por una minoría blanca opresora, así que los oprimidos de otras razas tienen derecho a secuestrar y extorsionar para luchar contra ese yugo. También creen que a veces aparecen en estas naciones subdesarrolladas dictadores “buenos”, que tratan de redistribuir la riqueza, un poco a patadas y llevándose jugosas comisiones, desgraciadamente, pero hay que tolerarlos e incluso defenderlos de las antiguas noblezas que pretenden derrocarlos con el pretexto de la formalidad democrática. Sin negar las inequidades que existen en Latinoamérica, ni de lejos es verdadera la visión de que estas son sociedades aún inmersas en un primitivo feudalismo. Cuando las élites intelectuales europeas y neoinglesas se dan con la piedra en los dientes, como con el plebiscito colombiano, lloran. Los chillidos ante el triunfo de estas opciones se agigantan con los altavoces mediáticos, políticos y académicos que manejan estas castas, poco dispuestas a dejar sus torres de marfil y oro. Con su cerrazón están abriendo paso a corrientes potencialmente muy peligrosas. (O)

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