Soy un convencido de la necesidad de la libertad de prensa, como derecho fundamental para la libertad de los pueblos. Doy inicio a mi artículo de opinión de hoy con esta frase, de una manera tajante, porque sé que por estos lares el relativismo en los conceptos es cosa cotidiana.
Algunos conceptos absolutos enredados con mentiras a medias para no enfrentar errores. Muchas palabras técnicas sin sentido, dichas para confundir a quien las lee, para entre la ignorancia y la mala fe justificar acciones.
La destrucción de las instituciones ha sido una herramienta eficiente para apoderarse no solo de los poderes, sino de las conciencias, pero hay que decirlo también, la prensa no es la única que ha sufrido ataques.
Para muchos ciudadanos que se encuentran lejos de la orilla de la defensa de esta libertad, hay apuros mucho más inminentes que solucionar, como el techo, el empleo, la comida, la educación. Derechos básicos todos ellos sin duda, apremiantes y con los cuales no se juega.
Sin embargo de esas luchas individuales indispensables, nuestra postura como sociedad, como grupo humano, debe estar dirigida a defender las libertades comunes que afectan al entorno en el que vivimos y en el que algún día se asentarán nuestros descendientes.
La libertad de prensa está más allá de las leyes, los gobiernos y los funcionarios. No existe mordaza que logre reprimirla para siempre, ni persona que consiga aplastarla de manera real.
Con pena aún vemos la situación actual de la prensa ecuatoriana –que como todo oficio en el mundo no se encuentra libre de vicios– y que ha debido enfrentar no solo amenazas, limitaciones y castigos económicos, sino el desánimo de verse acorralada teniendo que pedir de favor a los amigos de afuera para que les “den” publicando las noticias que aquí no pueden salir a la luz porque son materia de cadenas, juicios y multas.
La frustración que sienten quienes no pueden ejercer su profesión, su vocación, el oficio que escogieron, por miedo a ser culpables de cualquier cosa. Como si tener algo que decir pudiera ser motivo de vergüenza.
Vergüenza es lo que debe sentir quien se sirve del poder para justificar lo injustificable. Así como vergüenza, la sociedad que no está dispuesta a ceder sus privilegios de coyuntura por defender beneficios que van más allá de sus narices. Y la nuestra debe hacer su mea culpa.
Por ello, mi convicción personal respecto de todo el despliegue que hemos visto en el cono Sur en los últimos años, por intentar sofocar este derecho, es que se trata de una jugarreta orquestada por quienes se saben transitorios en el poder.
Tan transitorios que ya empezaron a irse, dejando a su paso una estela de tareas de reconstrucción casi interminables que ya ha comenzado en algunas naciones hermanas.
Confío en que los pasos que hemos dado hacia la desinstitucionalización con seguridad serán los mismos que daremos hacia el retorno a la democracia. Ojalá así sea. (O)










