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¿Qué esperaban?

En el año 2006, Alianza PAIS incursionó en la política con una plataforma que giraba en torno a combatir la corrupción. Sus propuestas específicas para eliminar ese mal se pueden resumir en darle más poder al Estado (léase: “los políticos”). Pero si los políticos de la llamada “partidocracia” cometían actos de corrupción administrando recursos mucho menores que el gobierno de la llamada Revolución Ciudadana, ¿qué esperaban cuando un grupo de políticos pasara a administrar recursos mucho mayores con más discrecionalidad?

Aunque el diagnóstico estuvo bien, era claro que la prescripción no. La mayor parte de la corrupción no se puede combatir desde el Estado. El economista austriaco Ludwig von Mises explicó en su tratado económico Acción humana que “la corrupción es un efecto regular del intervencionismo”. Mises agregó:

“Los partidarios del intervencionismo pretenden sustituir los efectos –como ellos afirman, ‘socialmente’ perjudiciales– de la propiedad privada y los intereses vertidos con la discreción ilimitada de los perfectamente sabios y desinteresados legisladores y sus concienzudos e incansables sirvientes, los burócratas”.

El relato de Alianza PAIS, y de muchos otros grupos que contribuyeron a que este partido llegue al poder y ahora hacen oposición sosteniendo diez años después las mismas ideas, es que el Estado es un agente del bien si está en las manos correctas. Hoy es fácil comprender lo expresado por Mises:

“Desafortunadamente, los funcionarios y su staff no son angelicales. Aprenden pronto que sus decisiones significan para los empresarios ya sea considerables pérdidas o –algunas veces– considerables ganancias. Ciertamente también hay burócratas que no aceptan sobornos; pero hay otros que están ansiosos de aprovecharse de cualquier oportunidad ‘segura’ de ‘compartir’ con aquellos que sus decisiones favorecen”.

Dirán los de Alianza PAIS y otros políticos –ahora de oposición– que siguen queriendo combatir la corrupción manteniendo o incrementando el poder del Estado, que el problema no es el sistema, sino la moralidad de las personas que llegan al poder. Pero es al revés, el problema es el sistema estatista/colectivista que promueve que los peores lleguen a la cabeza, como explicó F. A. Hayek en su clásico Camino de servidumbre:

“Como es el líder supremo el que por sí solo determina los fines, sus instrumentos deben prescindir de toda convicción moral propia. Deben, ante todo, estar comprometidos sin reservas a la persona que es líder; pero junto a esto que es de suma importancia también deben carecer completamente de principios y ser literalmente capaces de cualquier cosa. No deben tener ideal alguno que quieran realizar; ni nociones acerca del bien y del mal que puedan interferir con las intenciones del líder. Hay, por lo tanto, poco en las posiciones de poder que atraiga a aquellos que tienen creencias morales”.

Pero a los políticos les gusta ver los males en otros y muchas veces ignoran que ellos son la raíz del problema y no la solución. El presidente ahora culpa de la corrupción a la existencia de países con una carga tributaria más baja que la del Ecuador, ignorando que el problema está en el elefantiásico Estado que él dirige. Como dice el abogado peruano Alfredo Bullard: “Así como la ocasión hace al ladrón, el poder hace al corrupto”.

(O)

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