Pensaba estar curado de espanto con los terremotos, pero las imágenes de mi país reviven angustias pasadas en Chile. “La casa parecía un barco, ñaño” relató mi amiga Karina, temiendo lo venidero por irresponsables comentarios apocalípticos. Le sugiero tranquilidad tras el computador.

Catástrofes golpean diversas latitudes, sea por cambios climáticos, pruebas nucleares, placas geológicas acoplándose, manifestaciones cíclicas de la naturaleza o las “mítico” conspirativas ondas electromagnéticas HAARP o SURA. Lo cierto es que estamos expuestos a catástrofes como parte del cinturón de fuego del Pacífico y de un planeta con aparentes síntomas clínicos. Según indicó a este medio Marcelo Moncayo, experto en estructuras sismorresistentes, poseemos una sismicidad diferente a Japón, Chile y Perú, que provocarían grandes terremotos cada 50 o 100 años. En Chile se databan cada 25 años, pero los del 2010 y 2015 modificarían dichos cálculos. En Ecuador tuvimos terremotos en Esmeraldas-1906, Jama-1942, Ambato-1949, Esmeraldas-1979, Otavalo, Ibarra-1987, Canoa-1998, entre otros. Evidencia que nos derrumbamos muchas veces y levantamos otras tantas con fortaleza. Grafica la necesidad de mayor conciencia sísmica estatal con regulaciones más estrictas e individual para no evadirlas por “economizar”. Indica también que urge capacitarnos más para mitigar secuelas futuras.

Según el geógrafo Marcelo Lagos, la infraestructura ha resistido los terremotos en Chile, concluyendo que estos ahí no matan gente; sí los tsunamis. Está anunciado un probable megaterremoto de magnitud 9,5 en la escala de Richter, que pondría a prueba las normas vigentes chilenas. En Ecuador las muertes son mayormente por la infraestructura, factor a fortalecer –sin descuidar el mar– con normas más exigentes en estudios de terreno, cimientos, estructuras antisísmicas para edificaciones de altura, asesorías técnicas en construcciones populares y, en especial, entes fiscalizadores incorruptibles. Debemos implementar más medidas preventivas, simulacros con mapas de evacuación en la población.

La solidaridad del pueblo emociona; la ayuda internacional esperanza. El presidente Rafael Correa en terreno, comanda, acciona, consuela con lágrimas conmovedoras; pero también, según www.24horas.cl, amenaza encarcelar a quienes exterioricen sus angustias, reacción quizá inapropiada en ambientes de estrés generalizado, aunque sea para llamar a la calma. El alcalde Jaime Nebot colabora con el Gobierno enviando ayuda, pero critica las medidas económicas anunciadas para la reconstrucción, considerándolas peligrosas para el desarrollo económico del país. Cuestiona la falta de previsión y los excesivos gastos en días prósperos. Considero que no es el momento de apuntar responsabilidades; habrá tiempo para aquello. La contingencia requiere recursos, debemos poner el hombro para levantarnos. También gestos de austeridad, reducir más el gasto público, eliminar ministerios cuestionados como promete el presidente. Además debe fiscalizarse que los fondos recaudados lleguen íntegramente a los afectados de Manabí y Esmeraldas.

Abominables los saqueadores, combatidos oportunamente por efectivos del orden; también los que tratan de aprovechar políticamente la tragedia en la repartición de donaciones y en redes sociales con odiosos proselitismos divisionistas. Necesitamos unidad para ayudar a quienes sufren internamente un sismo mayor. Es tiempo para mostrar humildad, guardar camisetas políticas, fomentar la solidaridad y escuchar a la naturaleza hablándonos fuerte y claro.

“Cáete siete veces, levántate ocho” reza un proverbio japonés, recordándome gestas heroicas de nuestro pueblo solidario y valiente que me enorgullece. Nos queda continuar con el rescate; llorar a nuestros muertos; tomar la bandera y seguir adelante. (O)