¿Cómo puede trasladarse al pentagrama la explosión atómica de Hiroshima con sus 4.000 grados de temperatura y los 85.000 seres que murieron en el acto? ¿Cómo puede la música describir el horror de los campos nazis con sus hornos crematorios? ¿Qué puede haber sentido un compositor frente a las matanzas en Bataclán o en Siria? Sabemos que Auschwitz, campo de exterminación, tenía su propia orquesta. El testimonio del trompetista Hernan Sachnowitz resulta escalofriante: “Cada mañana tocábamos, cuando los equipos de trabajo partían; lo mismo por la noche, cuando regresaban. Tocábamos durante las ejecuciones, cuando ahorcaban o fusilaban a unos cuantos de nosotros. Por lo general sucedía los domingos por la tarde o por la noche. Tal vez intentaban tapar protestas y maldiciones con música. Aquel espectáculo grotesco se organizaba al más alto nivel. Los hombres de las S.S. nos rodeaban con armas cargadas. En el repertorio teníamos la Quinta sinfonía de Beethoven”.
A lo largo de su historia la música de los grandes compositores plasmó las posibles emociones del ser humano. Sea barroca, clásica, romántica, llegó a nuestra más íntima sensibilidad. Ecuavisa, durante años, escogió el aria en la cuerda de sol de Juan Sebastián Bach para pautar notas necrológicas. Hubieran sido más indicados el vals triste de Sibelius, un réquiem, los de Mozart, Berlioz, Brahms, Verdi, Dvorak, Fauré, Duruflé. Ciertos compositores pusieron en su réquiem una temible violencia (Kabalevski), otros optaron por una tristeza musitada con explosión final de las percusiones (Penderecki).
Escribí este artículo después de escuchar el Concierto para violín Nº 1 del compositor libanés Houtaf Khoury, actuando magistralmente como solista Jorge Saade, quien plasmó el dramatismo del segundo movimiento, lo convirtió en cruento lamento como lo hicieron cambios armónicos bruscos a lo largo de la obra, quedando vigentes frente a la violencia que caracteriza nuestra época. Entre el tableteo de una kalashnikov y las ráfagas de las percusiones, seguimos hablando de ritmos, los que nos hacen bailar, los que pautan latidos del corazón, los que acribillan, crucifican a martillazos, agujerean, mientras la vida del ser humano se convierte en siniestra tragedia. Houtaf Khoury no se inspiró en la violencia que aqueja al Medio Oriente cuando compuso In memoriam, mas no podemos dejar de evocarla al escuchar sus lamentos. La danza macabra de Saint Saëns y la Totentanz de Liszt se quedan cortas. Es una parte del mapamundi que se desangra, explota en camiones cisternas llenos de petróleo.
Nuestra presencia en el planeta queda expuesta a la violencia: huracanes, erupciones volcánicas, terremotos, tsunamis, balas perdidas, asaltos, maltratos, torturas físicas o psicológicas, conflictos individuales o colectivos, broncas políticas, accidentes, brutales enfermedades, es como colarnos entre las gotas de la lluvia. La música tiene un papel social, se vuelve futurista, profética, nos deja estupefactos: son los pulsos cósmicos de Stockhausen, el silencio que nos impone John Cage durante 4m33s interminables. Cuando me siento tenso, suelo escuchar obras de J. S. Bach. Aquel compositor tuvo 20 hijos y vio morir a once de ellos, pero su música logró sublimar el sufrimiento, se mantuvo siempre en un mundo al que no llegan las tormentas. (O)










