Hoy es jueves de Semana Santa, y de alguna manera siento cierta envidia hacia las personas que creen en Dios. En estos días están en un estado de reflexión y oración, probablemente pidiendo y encomendando a su ser superior la situación del país y el mundo.

Una situación difícil de comprender, por un lado, parecemos cada vez más civilizados, las redes sociales están saturadas de convincentes discursos sobre la protección del medioambiente, el cuidado emocional de los niños, la educación personalizada, el respeto a los animales, la tolerancia e inclusión en temas de género, raza y religiones, etcétera.

Pero la realidad muestra unos post más complejos, el atentado en Bruselas, la difusión mediática de ejecuciones, el apoyo al discurso del odio promovido por Donald Trump, la corrupción del poder que se evidencia en los países de Sudamérica y autoridades locales que semana a semana apuntalan el discurso de la polarización, acusando, quejándose, volviendo a sembrar la emoción del resentimiento una y otra vez.

Frente a esto, estoy cansado, yo no soy nadie en especial, solo soy uno más cansado de no confiar, cansado del miedo, cansado de ver cómo alguien puede creer que es dueño de la verdad y endosarle su visión al resto.

Cansado de los unos contra los otros, de la victimización, de la falta de solidaridad con la realidad, cansado de la impotencia y de la prepotencia.

Si creyera en Dios, estaría convencido de que todo sucede por algún motivo, que atrás de lo que vivimos hay una prueba que superar, podría ofrecer todo esto que siento e intercambiarlo por gracia divina. Pero no creo. Quisiera, pero no creo.

Siento que mientras más se globaliza el mundo, menos mundo tenemos. Hay tanta información que podemos fácilmente escoger la realidad que queremos ver todos los días, la misma que se va a repetir constantemente en las comunidades que seguimos y armamos en redes, y en los otros espejos, iguales a nosotros que comparten nuestros mismos espacios. Al final podemos terminar convencidos de que el mundo es como nosotros lo vemos.

Muchos hablamos demasiado, posteamos demasiado y tuiteamos tanto que al final hay muy poco tiempo para hacer. Somos discurso.

Un discurso egocéntrico, a veces tan políticamente correcto.

Pero al final del día priman las propias necesidades, los propios deseos, y creo que la inmediatez de nuestra vida, la cultura del microondas, ha logrado que sea muy difícil que asumamos que los cambios son procesos largos, que hay que trabajar para eso, ¿estaríamos hoy dispuestos a trabajar por algo que no vamos a ver?, ¿a trabajar para dejar un mundo y un país con mejores condiciones que disfrutarían nuestros nietos?

Nah… queremos resultados hoy, porque lo que queremos lo queremos en 30 segundos, como el microondas. Eso da pie a la corrupción, al dinero fácil.

“La vida es una sola y hay que vivirla”.

En fin, si creyera en Dios, esta Semana Santa, pediría volver a creer en nuestro país, en nosotros, en una convivencia sana y justa, en un país donde se puede trabajar por el otro que piensa diferente y no donde se lo crucifica cada sábado en señal abierta. (O)