Esta vez no fue necesaria una proeza de Sergio Ramos a última hora. Desde la final de París, en el 2000, el Real Madrid no había disfrutado de una final tan cómoda. Aquel era un Valencia emergente. En Cardiff, el Madrid barrió en el segundo tiempo a una Juve que invita al declive. Su célebre cortina defensiva pareció lo que es en realidad: un grupo de jugadores que han estirado admirablemente sus carreras, pero que acusan el paso de los años.
















