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Jorge Barraza

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Twitter: Encanto, adicción y trabajo

“¿Estás en Twitter…?”. Nos lo preguntan y respondemos al instante que sí. Viene la repregunta: “¿Para qué sirve…?”. Ahí ya dudamos un poco antes de dar una respuesta exacta. Debemos pensarlo: para enviar y recibir mensajes, difundir una información, compartir una reflexión, conectarnos con personas, saber de amigos, mostrar una foto, un video, pulsar la opinión de otros en ciertos temas, pero, especialmente, para tener un noticiero instantáneo las 24 horas de temas que nos interesan. Porque uno sigue las cuentas que le interesan. También está la vanidad de querer que cada mensaje propio sea una genialidad, de que todos están esperando nuestra opinión. Si no hay nada que decir, es mejor el silencio.

Tenemos presencia en Twitter, pero no da para vanagloriarse. Consume un tiempo precioso del día. Y las más de las veces desviamos el foco, creemos que es para enterar a los otros de las genialidades que pensamos. O para que no piensen que vivimos en la Edad de Piedra. A enero de este año, se contaban 332 millones de usuarios de Twitter en todo el mundo. Pero esa cifra se ha elevado seguramente mucho al día de hoy. ¿Por qué crece tan vertiginosamente…? Sin dudas Twitter atrapa. La brevedad de los 140 caracteres de cada mensaje, al que podemos agregarle imágenes, exige concisión, ir al grano, y facilita comunicar.

Es encantador. Al punto que, una vez que se entra en Twitter, cuesta salir, se le dedica cada vez más tiempo, y ahí está el punto negativo: hay que utilizar la red, no caer en ella. Sin embargo, resulta difícil dosificar. A diario vemos en Twitter a colegas comentar con autoridad de fútbol, NBA, tenis, fútbol americano, Fórmula 1… ¿Cómo hacen para saber de todo…? Ni un jubilado puede ver todo. Y dispone de tiempo. Además, publican 100 mensajes por día o se enfrascan en belicosos debates con sus seguidores. Y tienen Facebook… E Instagram… ¿No comen, no duermen, no van al baño, no tienen mujer, novias, hijos, padres, trámites que atender, no trabajan…? ¿No hacen un deporte, no leen, no tienen sobremesa o amigos, no van al cine, no conversan…? ¿O sus días son de 48 horas…?

¿O tocan de oído en todos los temas…? He aquí un tópico al que nos referimos a menudo: para opinar de fútbol hay que mirar los partidos. Y para verlos bien, si además hay que comentarlos, es preciso poner mucha atención, espíritu analítico, anotar jugadas, conceptos, aspectos clave. No siendo así, no hay gran diferencia con esos cinco que están en el bar tomando cerveza, hablando de cualquier tema y cada tanto alzan la vista para ver en la televisión cómo va el resultado. Y que después dicen haber visto el juego.

Julián Gallo es un periodista experto en redes sociales, escribe en La Nación de Buenos Aires e integra el equipo de comunicadores del presidente Macri. Lo consultamos: ¿Qué es a tu criterio lo mejor de utilizar Twitter? “Twitter es una red popular. No es la más popular, pero tiene una importante penetración en el mundo de las noticias y el periodismo. Sin embargo, personalmente no le atribuyo una importancia decisiva. En el escenario actual, los contenidos tienen que ser pertinentes para cada red. Twitter requiere inmediatez, ingenio y originalidad. Pero la recompensa que ofrece es menor que en otras redes”.

¿Qué es lo contraproducente? “En un uso cauteloso no debería tener efectos contraproducentes. Las peores prácticas se dan entre personas que se meten en discusiones y peleas inconducentes. No hay que pelear en Twitter. Eventualmente es preferible silenciarse”.

En efecto, se generan muchas controversias que derivan en altercados, a veces fuertes. No hay que pelearse. Primero porque no sirve, y segundo porque muchas veces no se sabe ni con quién está discutiendo. Un segmento del público que exige del periodista valentía, dar la cara, jugarse, se ampara en el anonimato y desde ahí suele agraviar, insultar, denigrar. Y muchas veces sin argumentos ni conocimiento. Una persona que uno ni sabe quién es, que no da su nombre ni exhibe su foto y que entra con un alias como ‘Julius’ o ‘Corsario’, o ‘Madreselva’, desacredita, hasta discute de un partido que tal vez ni vio. O directamente no sabe de fútbol. ¿Tú no lo vives porque no tienes Twitter, no?-, le preguntaron al conductor radial y televisivo Beto Casella.

Respondió: “Tengo, pero no lo uso. Igual no me pondría a leer lo que dicen de mí, porque hay una comunidad virtual que quizás consiguió muy poco en la vida y larga el veneno desde un teclado. Conozco colegas que se la pasan peleándose con gente ignota, que no sabes ni quién es. A lo mejor es un pibito de 11 años comiendo una hamburguesa en la cama, con la notebook en la panza. ¡No tengo ganas!”.

Insultar en las redes no debería salir gratis. De hecho, alguien ya tuvo que pagar. En el 2012 hubo una sentencia pionera en España. Una juez de lo Penal condenó a un joven, L.J.M., conocido en Twitter como Ximicomix, por un delito de injurias contra la delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, a través de las redes sociales. El chico fue condenado a pagar 300 euros de multa, 1.000 euros de indemnización y las costas del juicio. La sacó barata, pues la parte acusadora pedía cuatro años de cárcel. ¿Qué le había escrito Ximicomix…? “Calla puta que no tienes dignidad”. Su mensaje tuvo miles de retrinos y esto fue lo que movió a Cifuentes a recurrir a la justicia.

No obstante este costado negativo, Twitter es muy atractivo. Y útil para estar siempre informado. Pero hay que saber ponerse límites.

La tecnología es indiscutible buena, si no, trabajaríamos en máquinas de escribir Olivettis, como antes, pero si te arrebata la vida entonces no sirve. O está mal usada. (O)

La tecnología es indiscutible buena, sino trabajaríamos en máquinas de escribir Olivettis, como antes, pero si te arrebata la vida entonces no sirve. O está mal usada.

 

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