Ricardo Vasconcellos: No cambio los viejos clásicos del Astillero

Domingo, 30 de Octubre, 2016 - 00h07
30 Oct 2016
Domingo, 30 de Octubre, 2016 - 00h07
30 Oct 2016

Por contar la historia y traer al presente todo lo vivido, investigado o leído por mucho más de medio siglo en el deporte, un ‘periodista’ de la nueva ola se refirió a mí recomendando no leer mis columnas porque yo vivo anclado en el pasado y que soy, en su concepto, solo un ‘lírico’. Supongo que en su carencia intelectual quiso insultarme.

Me complace íntimamente escribir sobre la historia, recrear el pasado para que la memoria no muera y sea el sustento del presente y el futuro. Los pueblos que preservan su historia son los que sobreviven, progresan y triunfan. Alguien un poco más inteligente que el oscuro ‘periodista’ al que me refiero, el escritor mexicano Carlos Fuentes, ganador de los premios Miguel de Cervantes y Rómulo Gallegos (no jugaban en ningún equipo de fútbol, vale aclararle al ‘periodista’), escribió: “La memoria escoge, salva, pero no mata. La memoria sabe que no hay presente vivo con pasado muerto, ni habrá futuro sin ambos”. Y George Orwell, británico, escritor y periodista de dimensión universal, sentenció: “Quien posea el pasado será también dueño del presente y del futuro”.

El tormentoso Clásico del Astillero del miércoles anterior nos lleva, a quienes tenemos décadas de presenciar el encuentro más célebre del balompié nacional, a comparar, inevitablemente, lo que vivimos en nuestra niñez, adolescencia y juventud con este presente tan vergonzoso.

Eso no es clavar nuestros pies en el pasado para ignorar la actualidad. Es recordar tiempos mejores cuando el Clásico era una fiesta deportiva y no el choque de vándalos y delincuentes que se escudan en banderas y camisetas, que no sienten como seres humanos sino como aves de rapiña. Algunos de ellos, tal vez muchos, son hinchas auténticos que pierden ante el despojo del sentimiento partidario por lo que buscan confrontar con violencia, agredir, robar, matar. Ya un fanático cayó muerto por un disparo muy lejos del estadio y dentro del escenario una bengala segó la vida de un niño.

No me pierdo en la discusión idiota de si el fútbol de hoy es mejor que el de antes. Tampoco si los publicitados y engreídos cracks de hoy son superiores a los de antaño. Pero lo que nadie podrá negar es que aquellos jugadores que vimos en el viejo estadio Capwell o en el Modelo tenían alma, coraje, amor a la divisa y se entregaban con el corazón en la mano en busca de la victoria. Gracias a ello se hizo ídolo local y nacional el Barcelona, con sus once criollos que un día vencieron al Millonarios de Di Stefano, Rossi y Pedernera. Por la valentía y fiereza de sus jugadores Emelec fue creciendo en hinchada hasta colocarse cerca de su adversario de barrio en número de seguidores.

En los años 1950, 1960 y 1970, los que aplaudían a Barcelona y Emelec se sentaban juntos en la general. Gritaban con fervor para aplaudir la bicicleta del Pájaro Cantos o las diabluras del Loco Balseca. Ni en el Capwell ni el Modelo vi jamás gente con garrotes, cuchillos o armas de fuego. Lo común era la broma por un error, o la discusión por una jugada. Después todos salíamos en paz por la calle Quito o por Los Ríos comentando el partido, los fallos arbitrales y los goles. En la tribuna del Capwell la barra de Emelec se sentaba en el lado que daba hacia Quito, y la de Barcelona hacia Pío Montúfar. Cuando alguien conocido salía al pasillo que separa el palco de la tribuna, siempre surgía una chanza gritada en alta voz que provocaba la carcajada. Todos íbamos a disfrutar del espectáculo en familia, sin pensar en asestar un garrotazo a alguien u ofender a la gente con cánticos obscenos.

En el libro Conversación en la Catedral el premio nobel de literatura Mario Vargas Llosa empieza la novela con esta expresión: “¿Cuándo se jodió el Perú?”, pregunta histórica, sociológica y política. Y viene al caso preguntar ahora ¿Cuándo se jodió nuestro fútbol? Todo lo que hoy ocurre en el país futbolero es obra de dirigentes desorbitados y periodismo solapador. La debacle llegó con las barras que auspició un dirigente cuya frase usual estaba cargada de incitación a la violencia.

¿Recuerdan a aquel que gritaba en los micrófonos y pantallas complacientes: “A esos soldaditos azules los haremos comer el césped del Monumental”. ¿Qué más querían los personajes salvajes y destructivos que formaban la barra? El mal ejemplo cundió pronto alentado por los analistas que calificaban al Clásico como “un partido de vida o muerte”. ¿Qué diferencia hay entre aquel nefasto dirigente y el irresponsable de hoy que gritó a los cuatro vientos que Barcelona estaba en “estado de guerra”?

Las consecuencias se han visto en todo el país. El mismo Barcelona sufrió la destrucción de su estadio por los seguidores de la Liga de Quito. No tardará el día en que pida no aceptar la hinchada visitante. Ante la declaratoria de “estado de guerra”, Emelec optó por lo sano: no permitir el ingreso de los ‘guerreros’ para preservar su estadio y la seguridad de su hinchada y de las familias que viven en los alrededores. La Ecuafútbol validó la decisión. Lamentablemente, el club eléctrico también tiene su barra, que en actitud cavernaria arrojó objetos a los futbolistas de Barcelona.

En los años en que empecé a ver fútbol, y mucho después, los dos clubes a los que una vez llamaron “hermanos de barrio” eran adversarios, no enemigos. Se jugaba con ardor y los defensores de cada divisa obraban con lealtad. Nadie se tiraba al piso para fingir una lesión. Se obraba con juego limpio y deportividad. Nadie perseguía al árbitro para pedir que amoneste o expulse a un rival.

Como dijo alguna vez Ricardo Chacón García en una columna en Diario EL UNIVERSO: “Eran hombres con más corazón que pecho”. Nunca olvidaré aquel Clásico del 18 de noviembre de 1956, cuando el pequeñito Luis Niño Jurado, de Barcelona, chocó violentamente con el gigante emelecista Eduardo Bomba Atómica Guzmán. Este fue llevado al camerino y Jurado, con una herida sangrante en la cabeza, que luego cubrió un vendaje, se negó a salir y terminó el partido. Si el herido hubiera sido Damián Díaz, lo llevaban directo a la funeraria. (O)

¿Qué diferencia hay entre el dirigente que gritaba: “A esos soldaditos azules los haremos comer el césped del Monumental” y el irresponsable que gritó que Barcelona estaba en “guerra”?

Ricardo Vasconcellos: No cambio los viejos clásicos del Astillero
Columnistas
2016-10-30T10:43:24-05:00
Todos íbamos a disfrutar del espectáculo en familia, sin pensar en asestar un garrotazo a alguien u ofender a la gente con cánticos obscenos. Los dos “hermanos de barrio” eran rivales, no enemigos.
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