La Cidade ya no es tan Maravilhosa; se la nota un tanto envejecida, sin fulgores. Se advierte, desde luego, que ha sido una dama hermosa, de facciones y curvas atractivas, alegre, bulliciosa. Río de Janeiro, esa mujer madura que uno respeta más por su pasado que por su presente, lucha a diario con sus achaques de tránsito, su congestionamiento demográfico, la basura y una palpable porción de marginalidad que la tornan algo desprolija a ojos turísticos. Ha perdido elegancia. No obstante, mantiene el cartel de urbe festiva, sensual. Y tiene la bendición eterna de as praias, un factor desequilibrante a favor. También el Maracaná, uno de sus orgullos, como el Cristo Redentor en el Corcovado, el Pan de Azúcar.

















