La disputa presidencial en el Ecuador nos recuerda episodios de ajustados desenlaces que convertían los momentos previos a la divulgación de los resultados en dramáticas e inesperadas vivencias. Recuerdo con un simbolismo especial lo ocurrido en la segunda vuelta electoral de 1984, cuando León Febres-Cordero y Rodrigo Borja disputaron palmo a palmo la Presidencia de la República con la ansiedad que embargaba a los seguidores de uno u otro candidato, especialmente ante la incertidumbre de quién sería finalmente el ganador. La sorpresa –factor fundamental para dicha incertidumbre– no existirá en las próximas elecciones presidenciales.
Me apena decirlo, pero es la verdad. En la etapa final de inscripción de los binomios presidenciales, quizás la novedad la ofreció Rafael Correa al designar un compañero de fórmula que no es un imán de votos pero que encaja en el “mensaje de vida” y de compromiso incondicional requerido por el gobernante. Está tan convencido el presidente de su victoria que incluso rompe con la propuesta tradicional que exigía diversidad regional al momento de conformar el binomio. En realidad, creo que no hay base para dudar a estas alturas de su triunfo electoral, más allá de que la oposición dispersa y fragmentada siga deshojando margaritas con la duda de que si habrá o no segunda vuelta electoral. Esa es la apuesta básica: que Correa no alcance el triunfo en la primera vuelta, realidad que resalta el desaliento de la oposición, la cual sigue alimentando una expectativa de dudosa factibilidad como es la posibilidad de derrotar al mandatario en las próximas elecciones, sin el consenso que una tarea de esa envergadura impone.
Alimentando esa expectativa se publicó hace pocos días una encuesta que proyectaba la posibilidad de una segunda vuelta, pero insisto esa es la boya salvadora a la cual se aferra la estrategia de los candidatos: que las elecciones se terminen dilucidando el 7 de abril y no el 17 febrero del próximo año. Ahora bien, hay quienes piensan que los candidatos opositores no son ingenuos y que saben bastante bien el reducido espacio de maniobra que ofrecen las elecciones presidenciales venideras, agregándose que la estrategia opositora va encaminada más bien a captar un número importante de asambleístas, lo que posibilitaría más tarde controlar la Función Legislativa. Si así ocurre, enhorabuena, pues las relaciones democráticas del país variarían notablemente.
En todo caso, no hay que descartar totalmente alguna sorpresa y si esa llega, tendríamos segunda vuelta electoral; en ese evento, ¿creen ustedes que surgiría alguna opción real de disputarle la Presidencia a Rafael Correa? Si están soñando con esa posibilidad, mejor despierten antes de que se convierta en pesadilla. En las pasadas elecciones presidenciales (2009), Lucio Gutiérrez obtuvo el 28,24% de la votación, lo que permitió el triunfo de Rafael Correa en la primera vuelta. Mi opinión: ningún candidato opositor obtendrá ese porcentaje en las próximas elecciones. Por eso hablaba de pesadilla.









