Muerte de George causa interés en los turistas
Robert Salazar
PUERTO AYORA, Galápagos.- Llegan para sorprenderse, para estar más cerca del mundo silvestre, para imaginar cómo alguna vez -hace más de tres décadas- hubiese vivido en su hábitat natural el Solitario George, la emblemática tortuga de Galápagos que murió el domingo por causas naturales. Con ese propósito, decenas de turistas arriban a la reserva ecológica El Chato, al oeste de la isla Santa Cruz, para admirar los quelonios gigantes.
En la fría tarde del martes 26 de junio, un cielo gris invade el horizonte. A ratos caen leves lloviznas, pero el cambiante clima no disminuye las ganas que tienen los visitantes de caminar para ver distintos ejemplares de tortugas gigantes. Aquí predomina la subespecie porteri, de tipo Chelonoidis nigrita, originaria de la isla Santa Cruz.
La tortuga que da la bienvenida tiene un tamaño mediano, que se aproxima al metro de largo. Arranca de un golpe pedazos de césped. Los visitantes se le acercan, la fotografían y ella da dos enérgicos pasos, pero nadie se aleja. Ese momento de éxtasis les hace cometer una imprudencia que es alertada por el guía: "¡Oh! ¡Oh! Un metro atrás de ella, por favor", les pide en inglés Christian Saá, encargado de este grupo de doce turistas que acogen su solicitud. Les explica que la forma correcta es ubicándose atrás de ellas, para que no las alteren.
Les explica que estas tortugas no solo se alimentan de hierbas sino también de frutos silvestres y gramíneas, que pueden pesar unas 400 libras y vivir hasta unos 150 años.
El interés por observar a las tortugas es mayor tras la muerte de George en su corral del Parque Nacional Galápagos. Su deceso supuso el fin de una especie, la Geochelone abingdoni, única de la isla Pinta.
Son más de 15 los quelonios que terminan observando los turistas. No obstante, solo en esta reserva el número supera el centenar. Saá refiere que no hay cifras exactas, pero que en toda Santa Cruz habría más de 2 mil tortugas gigantes. En todo el archipiélago son 40 mil.
El sendero a recorrer es para los turistas como un tesoro. "Es cierto lo que me dijeron. Aquí la gente y la naturaleza saben convivir juntos, en paz", comenta César Rueda, mexicano que se considera ecologista. Sobre la muerte de George, expresa: "Da lástima porque no lo podemos ver, pero es una tortuga y aquí hay tantas cosas que ver, tantos animales. Sé que era importante por ser el único, pero ya lo perdimos y que eso nos haga apreciar más lo que sobra".
Con él coincide Andrew Olivero, quien desde EE.UU. llegó a Galápagos con toda su familia, incluso sus hermanas Jennifer y Anna. "Es una pena la muerte de George, pero la vida sigue y debemos ser más conscientes con la naturaleza", dice.
Saá, el guía de la compañía Lindblod & National Geographic, apunta que la muerte de George deja al mundo una lección: aumentar la lucha por la conservación. "Creo que los esfuerzos en los últimos años se han enfocado en restaurar las poblaciones de tortugas y se ha logrado; con George fue difícil porque era el único en su especie. Se hicieron intentos. Murió y hay que continuar", expresa.




