Una chica sin límites

Llegué y la encontré sentada en una sala conversando con su padre, con la misma soltura de cada domingo, acompañada de reflexiones filosóficas y una taza de café.

Su convicción al hablar hace que cualquiera se detenga a escuchar lo que Claudia Navas, estudiante y abanderada del colegio Alemán Humboldt, dice. Su excelencia académica ha hecho que sobresalga y su potencial intelectual le ha permitido superar su discapacidad física, diagnosticada como diplegia, debilidad en los músculos que le causa problemas en su motricidad, falta de equilibrio y de fuerza en las piernas para caminar.

A sus 18 años, Claudia recuerda que desde pequeña manifestó su potencial. A los 3 años sabía leer. Sin embargo, para sus padres fue difícil encontrar un colegio que la aceptara. “Intentaron en muchos centros educativos y aunque estaba bien intelectualmente, para ellos pesaba más mi problema físico, no querían esta responsabilidad”.

Sus padres decidieron inscribirla en un jardín para niños con discapacidades, pero Claudia recuerda que no se adaptó. “Yo podía dar más”. Cuando le tocó entrar a la primaria, sus padres intentaron en el Alemán, donde la recibieron. “Me ayudaron mucho. Mi discapacidad era a nivel de motricidad fina y gruesa. No podía dibujar o hacer una línea recta. Me hicieron practicar. Si un niño tenía que llenar un libro de trazos, yo llenaba cuatro”. Una vez que desarrolló esta motricidad se pudo desenvolver mejor. “Ellos vieron el potencial que tenía”, expresa.

Luego de tres operaciones, una a los 11, otra a los 14 y otra a los 17 años, Claudia mejoró su motricidad, pero aún debe lidiar con la falta de equilibrio y debilidad en las piernas. En sus años escolares se apegó a la lectura. “Siempre he sido muy perceptiva, a los 4 años ya estaba consciente de mis dificultades. Pero así también me di cuenta de que me había desarrollado intelectualmente más rápido que los demás. Probablemente porque como de chiquita no podía salir corriendo o estar en juegos, me incliné por los libros”, reflexiona.

Ahí encontró un escape y un medio de conocimiento que sació su curiosidad. “Cuando uno lee, puede despegarse de su entorno y con la ayuda del autor construye un mundo aparte, se identifica con la realidad de los personajes”.

Su interés por la historia y las antigüedades la llevaron a tener gustos musicales en los que figuran el jazz, tango y la música clásica. Colecciona máquinas de escribir y actualmente participa en un concurso de periodismo en el cual representa a su colegio. Lo que más disfruta leer es filosofía, una afición que comparte con su papá, su mayor motivador.

Tiene tres hermanos, con los que disfruta conversar. “Tienen sentido del humor, me pueden alegrar”.

Hace unos meses, Claudia creó un blog motivada por su padre. Ahí publica sus escritos, que advierte, “no son muy alegres”. Sin embargo, las sonrisas le vienen naturalmente y está segura de que quiere servir. “Cada quien tiene su razón de ser, la mía es ayudar a la gente”. Quiere estudiar Relaciones Internacionales y su sueño es trabajar en la Unicef. Aunque no ha podido participar de actividades solidarias por sus limitaciones físicas, lo que busca es retribuir lo que han hecho por ella.

Hace dos años viajó a Alemania de intercambio. “Me di cuenta de lo que era capaz de hacer físicamente, que puedo ser independiente a pesar de mi dificultad. Eso es algo que mis papás me han inculcado, criterio e independencia”.
(Andrea Cabrera)

Dicen de ella
“Siempre ha sabido encontrar soluciones. Se hace valer por sí misma para poder avanzar. Nunca la he visto triste o quejarse. Es mi mejor amiga”.
Natalia Córdova
Compañera de Claudia