El verdor de las hojas de los árboles, plantas y arbustos, en algunos casos con gamas de amarillo y coloridas flores, se levantan y se imponen entre las estructuras de cemento y caña de la urbe. A este paisaje multicolor se suma el trinar de las aves, que desde muy temprano se alborotan y salen de sus cálidos refugios en busca de alimento.
Es que con la llegada de las lluvias, que desde hace dos semanas se presentan con mayor intensidad, los árboles de cerros, parques, e incluso parterres se han puesto frondosos.
La bióloga y docente de la Universidad de Especialidades Espíritu Santo, Nancy Hilgert, explica que se están adaptando a la estación invernal, ya que Guayaquil es bosque seco ecuatorial, es decir, que alterna una estación lluviosa con una seca.
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“En el verano la zona está casi desértica. Los árboles están adaptados al clima de la estación seca, que era más larga que la lluviosa. Después las plantas se van adaptando y tienen estrategias evolutivas”, señala.
Pues durante el verano los árboles secan sus hojas y las dejan caer para no desperdiciar la energía que tienen para sobrevivir. Cuando llega el invierno, la humedad en el ambiente les anticipa que las lluvias están por caer y algunas especies empiezan a florecer. Al iniciar las precipitaciones, ciertas flores ya se han secado y botan las semillas para que los animales se las lleven y hagan la dispersión. “Hay especies que tienen esa adaptación y la usan”, indica.
En el caso del ceibo, endémico del bosque seco tropical, su tronco se torna de color verde porque almacena líquido para filtrarlo al suelo en la etapa de sequía, también brotan grandes flores rojo púrpura de aspecto aterciopelado y pétalos blancos que pueden llegar a rosado.
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Los insectos aprovechan para reproducirse y las aves insectívoras se deleitan con la oferta de comida. Entre estos pájaros están el tirano tropical, de cabeza y espalda gris con un parche naranja escondido en la corona, y vientre amarillento; el ollero, que hace un nido de barro para estar abrigado y cuyo canto anuncia la lluvia; el chogüí, de colores brillantes –cabeza y cuello azul, pecho y abdomen naranja–, entre otros.
El paisaje verde conmueve y hace que algunos se acerquen a la naturaleza, como Luis Sáenz, de 23 años, quien se reúne con amigos para ir a caminar a los cerros Blanco y Colorado.
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Para otros como Alexandra Baldeón, de 33 años, el invierno es época de culebras y mosquitos en el valle Los Geranios, donde habita.















