Emergencia y tristeza en zonas de Taisha por culpa de vampiros

Raúl Sumpinanch tiene la mirada perdida y un dolor profundo en su corazón. A sus 20 años se ha convertido en viudo y está al cuidado de su hijo de un mes de nacido. Su esposa, Isabel Shimpio, de 19 años, falleció el miércoles 30 de noviembre víctima de rabia humana, por la mordedura de murciélagos hematófagos (se alimentan de sangre) o vampiros.

Ella es hasta ahora la única adulta en la lista de diez muertos por esta causa, en un triángulo de selva ubicado cerca de la frontera con Perú, en Morona Santiago, y conformado por las comunidades Wampuik, Tarimiat y Tsurint Nuevo, todas ellas a las que solo se accede por vía aérea tras un vuelo en avioneta de casi 50 minutos.

Es territorio de la etnia achuar y sus miembros enfrentan una de las peores calamidades en décadas. Los vampiros han atacado siempre, pero ahora cobran vidas, por razones aún no explicadas.

Es como si se hubiese retrocedido siglos y esta realidad se presenta justo cuando en las ciudades ecuatorianas se proyecta la película vampiresca Amanecer de la saga Crepúsculo que, basada en el libro de la autora Stephenie Meyer, cuenta la historia de amor entre el vampiro Edward y Bella, una joven común y corriente.

En Wampuik, Raúl Sumpimanch no pudo salvar a su primer amor, Isabel. Los vampiros la mordieron cuando dormían, junto a su recién nacido, en el piso de una choza que solo tiene techo. Un mes después ella enfermó, el chamán que la curó no pudo hacer nada y murió en Macas, en la sede de la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE).

Sábado 3 de diciembre del 2011, tres días después de su muerte y dos después de su entierro, Raúl mira triste el sitio donde yace su mujer: en el filo de su choza. Es una costumbre de los achuar enterrar a sus muertos en su misma casa. No tienen cementerio. Está ahí, junto al piso de tierra donde duermen, donde comen, a lado de la cocina.

“Me sufro tanto por la muerte de mi señora. ¿Ahora quién me va a dar chicha y comida, quién va a cuidar a mi bebé?”, expresa con tristeza el joven, que estudia primer año de bachillerato en su comunidad y obtiene dinero cuando, ocasionalmente, algún vecino requiere limpiar las chacras.

Este sábado 3, en la casa parroquial de Wasaga, cuya cabecera es Wampuik, los dirigentes achuar y unos 150 miembros de su tribu se reúnen con una comitiva del Gobierno, que ha llegado luego de que la rabia humana ha cobrado diez vidas en 17 días. Pese a que personal de salud empezó a vacunar hace una semana y técnicos de Agrocalidad iniciaron un plan para eliminar los murciélagos, los reclamos son fuertes y directos en esa cita.

Los ministros de Salud, David Chiriboga, y de Inclusión Social, Ximena Ponce, los escuchan y ofrecen atender. Allí, los dirigentes achuar anuncian que declararon en emergencia a su territorio por su cuenta. Así tratan de que la atención llegue y, sobre todo, de que sea permanente y ayude a sacar de la postración a sus miembros.

“Gracias por haber venido pero queremos que tomen en cuenta y den seguimiento a nuestros pedidos. La nacionalidad achuar no come cuentos”, advierte Rafael Antuach, vicepresidente de la NAE.

Pedidos y necesidades

Y los pedidos son varios, así como sus necesidades. Que el puesto de salud de Wampuik se transforme en subcentro para que haya un médico permanente y no solamente llegue cada quince días, como ahora. Que se dote de medicinas, que no se impida el trabajo de los chamanes. También se piden sistemas de telecomunicación, de energía solar y hasta viviendas del Miduvi.

Pero uno de los principales es que se mejore el servicio de ambulancia aérea. Eso permitirá que los enfermos salgan al hospital cuando deben salir y que no suceda como con las dos primeras víctimas de la rabia humana, los hermanos Jeaneth Sumpinanch, de 11 años, y Emerson, de 9.

Ellos vivían en la comunidad Tarimiat. Su padre, Ramón, cuenta que a la mayor parte de la familia le habrían mordido los murciélagos a mediados de octubre. El 2 de noviembre los dos pequeños amanecieron con fiebre, dolor de oídos, de cuello y cabeza. Al siguiente día llamó a un médico del hospital del cantón Taisha, quien le había respondido que no era de emergencia y no podía pedir el envío de la ambulancia aérea.

La pista de aterrizaje de Tarimiat es de tierra, como todas las de la zona, pero es pequeña y las avionetas llegan muy de vez en cuando. Como sus hijos empeoraban, Ramón los cargó y caminó por una trocha durante dos horas y media hasta llegar a Wampuik. El técnico de salud logró conseguir que llegue la ambulancia y fueron a Macas. En el hospital provincial dijeron que podía ser rabia humana pero no había tratamiento y enviaron a los chicos al Vicente Corral, de Cuenca.

Emerson murió el 17 de noviembre por rabia humana, comprobada por laboratorio. Ramón sacó el hospital a su otra hija y se la llevó. Murió en el camino. Ahora los tiene en su casa. “Cavamos un metro sesenta y enterramos. Nuestros familiares muertos no pueden estar lejos, deben estar juntos. No nos da miedo que ellos estén aquí”, afirma.

Y el drama de Ramón sigue. El sábado 3 lleva esperando tres días para poder salir a Macas, donde están su mujer y otros dos hijos. En la sede de la NAE, ella también tiene síntomas de rabia. Su pequeña hija vomitaba sangre el viernes. “No puedo ir, no hay avión. Me permitieron llevar al chamán y luego de que él lo vea las llevaré al hospital”, dice.

El viernes 2 había estado en esa comunidad el ministro de Salud, David Chiriboga. Ofreció ayuda. Pero el sábado, el alcalde de Taisha ingresa a dejar alimentos, conoce la situación y facilita un vuelo para la salida de Ramón y el chamán.

Pese a la creencia de que se trata de brujería y de que los chamanes deben curar para evitar más muertes, cientos de habitantes de esta aislada zona han accedido a vacunarse contra la rabia humana y logrado frenar, al menos en los últimos cuatro días el avance de la enfermedad.

En Wampuik, Ernesto Warush, joven achuar que recibió capacitación del SNEM y es microscopista, apoya en la vacunación. Dice que el jueves, 110 personas culminaron su serie de siete dosis. Otro tanto está en ese proceso. “Los jóvenes sí creemos en que es buena la vacuna, algunos mayores, nuestro padres no creen y no se acercan”, afirma. “Antes siempre mordía y no pasaba nada, hasta cuatro veces en la noche mordían”, dice el padre de Ernesto, Chiriap, de 58 años, quien debido a la insistencia de su hijo accedió a inmunizarse.

Raúl Sumpinanch solo da gracias que su hijo no ha sido mordido. Él también tuvo mordeduras. No sabe qué será de su futuro, por los vampiros.

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Muertes. Es lo que ha provocado la rabia transmitida por murciélagos.