Me gradué en la Universidad de Guayaquil, y soy afroecuatoriano; a muchas personas como yo nos arde en las espaldas el látigo de la discriminación.
Aunque con agrado vemos afroecuatorianos ocupando dignidades importantes, pocos son los privilegiado de sentarse a la mesa de la “revolución”. Ojalá no sea una torcida coyuntura medular la que no representa realmente a nuestra cultura, sino que disfraza las promesas no cumplidas a un pueblo que se resigna a vivir en el olvido.
No pedimos dádivas, pues por historia nos corresponde ser parte del futuro del país, sino que se nos brinden armas contra la pobreza, el analfabetismo, la discriminación.
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José Ibarra,
Guayaquil











