Acudamos a un proverbio árabe: “La vida no es la vida que vivimos. La vida es el amor, es el cariño; por eso hay muertos que en el mundo viven y hombres que viven en el mundo muertos”. La cultura de una nación se acrecienta en tanto sus personas seamos más humanas. Entonces, le ruego, señor presidente, que haga algo por aquellos cerebros que la realidad económica del país los empuja a migrar y morir en tierras ajenas; y por los jóvenes bachilleres y más personas que deseamos trabajar.

Señor presidente, tan solo le solicito comedidamente que nos ayude a los ecuatorianos a tener trabajo seguro. Soy un exlasallano discapacitado, laboro unas horas en una oficina y vendo libros, pero esta actividad es exigua en ganancias porque casi nadie quiere leer.

Aún espero su contestación a mi carta –publicada el 31 de diciembre del 2009 (titulada ‘Soy uno de tantos en Ecuador sin dinero ni trabajo. ¡Qué hago, presidente, en el 2010!’)– nunca fue contestada.

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Eduardo Jiménez,
Guayaquil