A Bernard Fougeres

Ricardo Sánchez Cárdenas
sociólogo Ph.D. Chicago, EE.UU..- Bernard Fougeres en su artículo de EL UNIVERSO del 25 de octubre, titulado '¿Es el aborto una solución?', habla supuestamente de problemas sociológicos, pero se concentra en supuestas "soluciones" moralistas a los problemas del "desamor" que correctamente identifica como la raíz de problemáticas sociales como el aborto.

Es realidad que en nuestras sociedades modernas hay una crisis de amor, no del amor de las mariposas en el estómago, pero de la capacidad de indignarse por las crecientes desigualdades e injusticias sociales. Mojigaterías sociales y moralismos de antaño son reacciones mal llevadas que hacen invisible la diversidad de múltiples formas de amar, que no puede ser simplemente privilegio de los que se pueden casar o amar a una mujer para siempre; así como tampoco es tan simple como que amar a alguien es desear tener un hijo de ella. Todavía hay muchas leyes que violentan nuestro derecho a amar(nos) sin necesidad de ser hombre que quiere y puede tener hijos con una mujer. La reflexión del señor Fougeres no solo mantiene esa perspectiva del problema, sino que su exposición salta -como diría la sabiduría popular- de coles a nabos, cuando a renglón seguido declara que "el aborto es un asesinato a sangre fría". ¿Es asesino el aborto o el sistema que lo empuja a las sombras de la ilegalidad? Aconsejar a una madre adolescente sobre si el aborto es una "solución" o no tiene poco que ver sobre el problema sociológico de salud pública que es el aborto; peor aún con la posición feminista que no reivindica la capacidad de "abortar" solamente en términos de derechos humanos del buen vivir -nadie defiende al aborto en sí mismo-, sino simplemente a sobrevivir la violencia sexual sistemática que sigue sufriendo la gran mayoría de mujeres que debe confrontar semejante decisión y la hipocresía de un sistema corrupto. Fácil es culpar a las víctimas o victimizar a un feto (bebé), lo difícil es confrontar el sistema corrupto machista detrás de todas estas violencias. Las soluciones moralistas e individualistas terminan por hacer apología de todas las muertes que se ven envueltas en el fenómeno del aborto.

Ricardo Sánchez Cárdenas,
sociólogo Ph.D. Chicago, EE.UU.

¿Qué pasará el 22 de diciembre del 2012?

Será un día como cualquier otro, mas existe una fascinación morbosa por el Juicio Final: terremotos, inundaciones, tsunamis, huracanes, llegada del juez implacable, estridencia de trompetas descocadas. El tema de los desastres naturales llena salas de cine, vibramos con La guerra de las galaxias. En vez de imaginar un Dios misericordioso evocamos el Pantocrátor de mirada pavorosa.

El calendario maya no habla del Fin del mundo sino del inicio de una nueva civilización, lo que sería la mejor noticia del siglo. Empezaríamos a desconfiar de los bienes materiales, buscaríamos valores eternos de solidaridad, justicia. El amor podría salvar a la humanidad pero lo estamos deshaciendo, le ponemos precio: más importante resulta la envoltura que su contenido. ¿De qué sirven senos opulentos de silicona si detrás de ellos se anida la más desolada de las almas? ¿De que sirve el peinado más sofisticado si oculta un cerebro que funciona en cámara lenta? El posible fin de un mundo o de una civilización debería hacernos recapacitar. Amar es ponerse en el alma de nuestra pareja, no solo en su piel. Lo más hermoso que nos puede suceder es construir un amor eterno y sé que es posible cuando domesticamos la ternura.

El día 22 de diciembre del año 2012 será uno más. Muchos sin embargo se arrepentirán de tal o cual error, pecados solapados, infidelidades, egoísmo consumista, pero si no ocurre nada volverán a la misma frivolidad. Aquello de las películas de cataclismo lo vivimos a diario dentro de nuestra realidad. Se calienta el planeta, se enfrían los terrícolas, se humanizan los animales, se bestializan los humanos. El 22 de diciembre del 2012 se llenarán las iglesias, las sinagogas, las mezquitas, se oirá como leitmotiv el trillado “¡Ten piedad!”. Somos nosotros los llamados a practicar la piedad, la compasión, pues si hay un Dios poderoso en el cielo, ha de poseer una paciencia divina frente a nuestras grotescas ínfulas, debe sonreír con ironía frente a lo que nos impulsa a ser diferentes: nuestro automóvil, la ropa cara que lleva nombre de moda. Confieso que casi nunca recuerdo cómo va vestida la gente con la que comparto momentos hermosos ni tampoco miro sus zapatos; en cambio jamás olvido su forma de darme la mano, su manera de mirarme: aquellos contactos pueden emocionarme, intrigarme, apasionarme. No conozco nada tan hermoso como la mirada de un ser humano o la de un animal. Me desespera la frivolidad, sé cuán breve es la vida, cuan caprichosa la fortuna, terminamos vestidos de madera creyéndonos superiores por una que otra tontería cara que los demás no poseen o por una cultura que no pesa mucho al lado de la auténtica gentileza.

El refugio recomendado para el cacareado Fin del mundo es una montaña cerca de un pueblito francés de doscientos habitantes llamado Bugarach. Venderán amuletos, velas, estampas de santos (¡hay 6.538 en el martirologio romano!). Debemos fomentar el turismo de los últimos días. Creo en un Dios que dice: “¡No temas!” (La Biblia menciona esta frase 366 veces. ¿Lo sabían?).

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