Simón Pachano
A alguien que vivió en otro mundo durante los últimos veinte años se le ocurrió calificar como partidocracia al régimen político ecuatoriano. Parafraseando al gran líder habría que decir que solo un mediocre podía afirmar algo así. El calificativo le calza perfectamente a cualquier persona que asegure que hubo un gobierno de partidos, desconociendo que estos eran simples maquinarias electorales manejadas por gerentes propietarios y que, paralelamente, los independientes tenían –y tienen– todas las facilidades imaginables para ser elegidos. Pero la palabrita se generalizó y se convirtió en uno de los caballos de batalla, junto a la larga y oscura noche neoliberal.

Por méritos propios y por la generalización de ese calificativo, los partidos pasaron a ser la encarnación de todos los males. Partido se convirtió en mala palabra, mientras el término movimiento pasó a expresar la suma de todas las virtudes. Finalmente, a todo el mundo dejó de preocuparle el tema, porque de un momento a otro la política dejó de ser materia de grupos organizados –llámense partidos o movimientos– para convertirse en el campo privado de un solo ser infalible.

Pero el pitazo inicial de la larga convención de Alianza PAIS y el debut internacional de una oposición unida pusieron de nuevo sobre la mesa el debate sobre el tema. El grupo oficialista llegó a Montecristi con el asunto zanjado porque, como bien se sabe, esos temas no se discuten, simplemente se acatan. La decisión que deberá tomar la convención está definida, como lo manda el centralismo democrático. Seguirá siendo un movimiento y como tal se inscribirá en el nuevo registro. El objetivo, dicho de labios para afuera, es evitar el uso de la palabreja y lograr que en su interior convivan las más variadas tendencias (obviamente sin voz ni voto o con una voz bajita como ha sido hasta ahora). Pero de puertas para adentro se dice que de esa manera no habrá estructuras orgánicas que viabilicen la democracia interna y que ofrezcan la posibilidad de ejercer controles sobre sus propios dirigentes. Sería la manera de perpetuar el dominio absoluto del líder, con toda su capacidad para poner y deponer a los miembros del buró de acuerdo a las necesidades del momento o a los mandatos del hígado.

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La oposición, por su parte, parece dispuesta a juntarse aun por encima de las enormes diferencias ideológicas que tienen sus integrantes. Entusiasmada con los resultados de su gira quiere dejar de lado el necesario debate sobre partidos y movimientos. Las declaraciones de sus dirigentes traslucen un temor a enfrentar el tema, como si eso pudiera romper los frágiles acuerdos que la sostienen. Resulta claro que no han comprendido que la única posibilidad de mantenerse unidos será a partir de la conformación de una coalición en la que se expresen claramente sus diferencias. Al no hacerlo siguen manteniendo como único lazo de unión la oposición a Correa y cierran las posibilidades de devolverle a la palabra partido su sentido original. Por otro camino, se encuentran en el mismo punto con los otros.