Escribo preocupado, enojado, casi con indignación, porque no puedo aceptar que en la era del conocimiento, la justa, encomiable y recomendable aspiración de los recién graduados bachilleres de convertirse en estudiantes universitarios dependa de la bolita, de la ruleta, de una mano suave y lisa, etcétera, de cualquier forma, la figura es la del azar.
Qué enorme contradicción: para entrar al templo del saber no importa si un joven tiene o no algún nivel de formación previa, porque la entrada al alma máter en los tiempos que vivimos está supeditada al grado de “leche” que posea. No puede haber mensaje más patético a la sociedad ni acción más frustrante con la juventud que las que se dieron en la Universidad de Guayaquil en estos últimos días; a la primera, le hemos dicho que son tantas nuestras limitaciones que ya no sabemos qué hacer; a la segunda, que no se esfuercen en aprender, por gusto abren libros, pierden el tiempo si van cumplidamente a sus colegios, si finalmente es la suerte, el sorteo, lo que determinará su futuro.
Me pregunto, ¿es que para nuestra universidad pública ya no importan las ideas, los pensamientos, las aptitudes, los comportamientos, las motivaciones? Una evidencia más que debe empujar el cambio en la universidad. No solo es ocioso, es antiuniversitario seguir analizando si las transformaciones que alcanzaron a la educación superior propiciaron su fortalecimiento o devinieron en descrédito y mediocridad. Los resultados están a la vista, y ante las evidencias, lo que falta es tomar acciones. Una de las primeras: reglamentar el ingreso de manera sensible, lógica, justa, en común acuerdo de la sociedad, estudiantes, padres de familia, profesores secundarios, con la universidad, autoridades, y profesores universitarios, respetando el principio constitucional de gratuidad.
César Bravo Bermeo,
médico, catedrático universitario, Guayaquil